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Por Alberto Mazor
Estimados,
La tercera Intifada es inevitable. Se desencadenará si Israel y la Autoridad Palestina no llegan a un acuerdo para el que ambos deberán tomar decisiones difíciles y dolorosas. Eso no sucederá, lo que provocará que los palestinos salgan a las calles a exigir que el Ejército hebreo  y los habitantes judíos en los asentamientos abandonen Cisjordania.
Otro factor desencadenante, como consecuencia del fracaso de las tratativas, será el hecho de que Israel y Estados Unidos intenten disuadir a la ONU de que declare unilateralmente la independencia de Palestina, o bien, si la organización internacional elude esa decisión en un intento, también unilateral, por aplacar al Estado hebreo. En ese caso, los palestinos iniciarán una insurrección al verse profundamente frustrados por la pérdida del apoyo mundial.
El momento oportuno para la tercera Intifada y la excusa inmediata que provocará su estallido todavía se desconocen. Tampoco es seguro que los palestinos esperen hasta que las actuales negociaciones se vean frustradas. A veces el accionar humano se guía por las expectativas acerca de lo que pueda suceder y no por lo que realmente sucede. Si estamos a la espera de una crisis en abril, cuando finalice el período de nueve meses establecido por Kerry y las partes, es probable que estalle antes.
La "calma" israelí de los últimos años se vio profundamente afectada, y en los territorios de la Autoridad Palestina se registra una intensa actividad: misiles de Gaza ya fueron lanzados a Jerusalén y Tel Aviv; ataques terroristas y tiroteos en Cisjordania. Del fracaso a la desilusión, y de ésta a la conflagración, el trecho y el tiempo son muy cortos.
Bibi está atrapado. Nada de lo que haga podrá evitar la inminente Intifada. No va a someterse ahora a las demandas palestinas ni a desmantelar asentamientos, acordando la retirada hacia la Línea Verde en un intento desesperado por detener la loca carrera del tren que marcha hacia su destrucción.
Tales acciones no solamente significarían su muerte política, sino que además suponen la total contradicción de la lógica que fundamenta su pensamiento estratégico. En opinión de Netanyahu, a corto y mediano plazo los violentos hechos en el mundo árabe conducirán a la eliminación de los regímenes de protectorado de Occidente y a su sustitución por los satélites de Irán. La entrega de Cisjordania y Jerusalén Oriental a los palestinos, piensa Bibi, los convertirá en "una base para el terrorismo iraní", haciendo insoportable la vida en Israel.
En su angustia, Netanyahu se centró en evitar toda iniciativa en favor de un acuerdo impuesto por el dúo Obama-Kerry. Al igual que todos sus predecesores desde 1967, Bibi ve con temor que llegue el día en que el presidente de Estados Unidos le ordene abandonar los territorios – tal como Truman y Eisenhower lo hicieron con Ben Gurión; el primero al finalizar la Guerra de la Independencia (1948-1949), y el segundo inmediatamente después de la Campaña del Sinaí (1956), cuando le exigió retirarse de la península egipcia.
Durante los últimos 46 años la política exterior israelí se esforzó por evitar la repetición de aquellos escenarios a través de una combinación de intransigencia y entrega de ciertos territorios considerados menos importantes – Sinaí, Gaza, ciudades y poblaciones de Cisjordania, el sur de Líbano – a fin de conservar para si los "premios mayores": Jerusalén, los grandes bloques de asentamientos en Judea y Samaria y los Altos del Golán.
Netanyahu llama a los líderes mundiales a no boicotear a Israel. Advirtió que si lo hacen, sólo lograrán proyectar una imagen de debilidad, facilitando en consecuencia el ascenso de Irán. Les ofrece en pago la apariencia de aceptar la creación de un Estado palestino. Por el momento, fuera de Estados Unidos, no consiguió muchos clientes interesados en su oferta, e incluso si logró granjearse unas pocas voces occidentales – Canadá – en contra de la declaración unilateral de independencia de Palestina en la ONU, posiblemente en la próxima sesión de apertura de la Asamblea General, en septiembre de este año, la decisión será aprobada por una amplia mayoría, y la Intifada estallará al día siguiente del posible veto norteamericano.
Bibi no se equivoca al considerar que Estados Unidos e Israel se encuentran en una situación de repliegue estratégico tras los violentos sucesos en la región. Es evidente que un abandono de los territorios bajo amenazas de un acuerdo impuesto, o en el contexto de una tercera Intifada, será interpretado como señal de debilidad. Pero, como todo héroe trágico, Netanyahu tejió su propia trampa. De haber continuado con el proceso de Annápolis después de llegar al poder, en lugar de arrojar a la basura la revisión de la política oficial israelí hasta entonces, su situación actual sería mejor. En aquel momento, Mubarak estaba firmemente asegurado en el poder de Egipto, Estados Unidos había propuesto borrón y cuenta nueva a los árabes e Israel podría haber aprovechado la oportunidad con sólo decir "Sí".
Si Netanyahu hubiera aceptado el mapa del ex primer ministro Ehud Olmert, como base para las negociaciones, el mundo lo habría aclamado y podría haber exigido esos ajustes tan importantes para él como son el reconocimiento de un Estado nación para el pueblo judío y la presencia del Ejército israelí en el valle del Jordán.
Sin embargo, Bibi se negó a discutir los asuntos principales, más allá de sus vagas declaraciones (discurso de Bar Ilán), y terminó cayendo en la trampa diplomática preparada para él por el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbás, y el presidente de Estados Unidos, Barack Obama.
Ahora es demasiado tarde. El mundo considera a gran parte del Gobierno de Netanyahu – que no cesa en exigir la anexión de Cisjordania a Israel – obstinado y terco.
Ciertamente, Bibi no será capaz de evitar la tercera Intifada, que al igual que sus dos predecesoras, le costará a Israel muchas víctimas innecesarias, para llevar a cabo finalmente la retirada que tanto quiso evitar.
Fuente: Israel en línea

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