Reportaje: Ucrania y su larga historia judía

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Ucrania vuelve a estar en el tapete. Ubicada en una esquina entre Rusia, Polonia y el vasto mundo del Cáucaso, siempre ha sido víctima de la geografía y de las apetencias de sus vecinos. Su gran extensión ha visto pasar un largo milenio de historia judía, con momentos brillantes pero, las más de las veces, tiempos trágicos
Existen registros de presencia de judíos en la región de Galitzia, al oeste de lo que hoy es Ucrania, desde el siglo XI, al parecer emparentados con las comunidades de la Constantinopla bizantina; de hecho, una de las puertas de la primitiva Kiev se llamaba Zhydovski (“de los judíos”).
A partir del siglo XIV el área cayó bajo la influencia del naciente reino de Polonia, que fue colonizándolo debido a la fertilidad de sus tierras y agua abundante. Numerosos nobles y terratenientes polacos designaron a judíos como administradores de sus dominios, dados sus conocimientos y relaciones económicas. Muchos otros judíos se trasladaron allí para trabajar como artesanos, tenderos o posaderos. Se produjo un importante auge económico, y la población judía se incrementó rápidamente.
Sin embargo, también se comenzó a acumular la tensión social. Los aristócratas terratenientes, que apenas visitaban sus propiedades ucranianas, exigían cada vez más de sus administradores. Los campesinos ucranianos vivían bajo un régimen casi feudal de servidumbre, y desarrollaron un creciente odio hacia los distantes propietarios y sus delegados judíos, en el que había un fuerte componente religioso: los ucranianos pertenecían a la iglesia ortodoxa rusa mientras que los polacos eran católicos; los judíos, por supuesto, despertaban animadversión por motivos del dogma. La situación se volvió rápidamente insostenible.
En abril de 1648, el hetman o máxima autoridad de los cosacos, Bogdan Chmielnicki (se pronuncia Jmielnitzki), aliado con los tártaros que poco antes habían conquistado la región de Crimea, atacó a las fuerzas polacas y las derrotó. Esto encendió la mecha de una rebelión generalizada, con saqueos y masacres en las que los judíos llevaron la peor parte, sin importar que fuesen administradores de haciendas, artesanos o estudiantes de yeshivot, niños o ancianos. Un testigo de la época, Nathan Hannover, describió algunas de las atrocidades cosacas: “A unos los de­so­llaron para dar a comer su carne a los perros, a otros los lesionaron gravemente arrojándolos después a la calle… A otros los enterraron vivos. Mataron a los recién nacidos en los brazos de sus madres y a otros los cortaron en pedazos como si fueran peces…”.
Los tártaros, por su parte, capturaron a muchos judíos y católicos para venderlos como esclavos en Constantinopla, además de llevarse a las mujeres como concubinas.
En las entonces pequeñas ciudades ucranianas, adonde muchos judíos huyeron desde las áreas rurales, la situación no fue mejor; los cosacos los masacraron, en ocasiones permitiendo vivir a quienes se convirtieran al cristianismo ortodoxo. De estos asesinatos masivos no se salvaron figuras reconocidas del mundo judío de entonces, como el cabalista Simson de Ostropol. Los residentes de las ciudades atacadas entregaban con frecuencia a los judíos como condición para salvarse ellos mismos de los desmanes; solo Lémberg se negó a traicionarlos.
La rebelión de los cosacos creció y se extendió a las actuales Lituania y Bielorrusia, con las mismas consecuencias para sus habitantes judíos. Esta guerra duró hasta 1651, cuando se firmó un tratado entre Polonia y los cosacos. Sin embargo, Chmielnicki se alió tres años después con Rusia, cuyo zar ansiaba apoderarse de territorios polacos en Ucrania. Nueva invasión, nuevas matanzas.
Los cálculos varían ampliamente, pero hoy en día se estima que entre 1648 y 1656 perecieron en lo que hoy es Ucrania unos 100 mil judíos y fueron destruidas cerca de 300 comunidades, en lo que constituyó la mayor catástrofe para el Judaísmo mundial antes del Holocausto.
Según muchos historiadores, el trauma que generaron estos acontecimientos creó el fermento místico del que saldría el Jasidismo, a partir de las enseñanzas del rabino Israel ben Eliezer (1698-1760), conocido como Baal Shem Tov, “buen maestro del nombre sagrado”, quien nació y vivió al oeste de Ucrania. El ambiente de “fin de los tiempos” también dio lugar a los llamados falsos mesías, entre los cuales el más famoso fue Sabetai Zvi, en Turquía.
Bajo la sombra de Rusia
Mientras tanto el gigante vecino, Moscovia, que luego se llamaría Rusia, había prohibido la presencia judía en su territorio. Sin embargo, a finales del siglo XVIII este creciente imperio se repartió Polonia con Prusia y Austria, y en las áreas que ocupó vivían grandes poblaciones judías. Para solucionar este “problema”, la emperatriz Catalina II “la Grande” decretó la creación de un territorio donde los judíos debían concentrarse: la llamada Zona de Residencia, que abarcaba buena parte de Ucrania y Polonia. A lo largo del siglo XIX esta zona se fue reduciendo, y numerosas leyes obligaban a los judíos a aglutinarse en áreas cada vez menores de las ciudades, lo que agravaba su miseria. Así, mientras en Europa Occidental los judíos lograban por fin su emancipación, en la Oriental los concentraban en guetos. En ciudades como Kiev, Odessa, Dniepropetrovsk, Lwow (Lémberg) y Chernivtsi los judíos formaban más de una cuarta parte de la población, y en ocasiones hasta un tercio del total.
Para empeorar las cosas, en Ucrania comenzó la era de los pogromos, actos de vandalismo y asesinato antijudío que se iniciaba con cualquier pretexto; el primero tuvo lugar en Odessa en 1859. La mayor oleada de pogromos se desató a partir de la muerte del zar Alejandro II —emperador progresista que había levantado muchas de las limitaciones que pesaban sobre la población judía— en 1881, y dio lugar a la primera emigración de jóvenes decepcionados hacia Palestina, así como la huida de cientos de miles de judíos hacia Estados Unidos. Su sucesor, Alejandro III, volvió a emitir duras medidas discriminatorias, como rígidas cuotas para entrar en las universidades; en 1886, se expulsó brevemente a los judíos de Kiev.
No sorprende, entonces, que tantos judíos se uniesen a los movimientos antimonárquicos. El nuevo zar, Nicolás II, aseguraba que el 90% de los revolucionarios eran judíos; esta cifra era exagerada, pero sirvió para azuzar a los reaccionarios. Pogromos cada vez más violentos, ya no espontáneos sino con clara organización estatal, estallaron en los primeros años del siglo XX; esta vez los judíos comenzaron a organizar grupos de autodefensa, en los que participaban tanto bundistas (sindicalistas de izquierda) como sionistas.
En aquellos años también renacieron las leyendas medievales del libelo de sangre, es decir la acusación de que los judíos empleaban sangre de niños cristianos para elaborar la matzá de Pésaj; se hizo mundialmente famoso el juicio realizado en Kiev contra Mendel Beilis (1913), el cual sensibilizó a la opinión pública internacional.
Guerra, revolución y nueva guerra
Al comenzar la Primera Guerra Mundial, el imperio ruso expulsó a miles de judíos de sus áreas fronterizas ucranianas, probablemente por asumir que apoyarían a los alemanes.
En 1917, la caída del régimen zarista dio lugar al nacimiento de una República Popular Ucraniana. Este breve experimento intentó reconocer sus derechos a los judíos, que constituían la minoría más importante del país; el idish fue declarado una de las lenguas oficiales, se creó un Ministerio para Asuntos Judíos, y numerosos judíos asumieron cargos públicos.
Sin embargo, la guerra civil que los bolcheviques libraron simultáneamente en contra de los “blancos”, los guerrilleros de Semyon Petliura y el ejército polaco de Pilsudski, destruyó esa República, que terminó siendo absorbida por la Unión Soviética. Para los bolcheviques (entre los cuales, ciertamente, había muchos “judíos antijudíos”), los judíos representaban a la burguesía y el atraso de la religión, mientras para los demás eran el origen de la “plaga revolucionaria”; en todo caso eran vistos con rencor. Decenas de miles de judíos ucranianos perdieron la vida en el conflicto, como combatientes o víctimas de pogromos, mientras otros cientos de miles quedaban sin hogar.
Durante la era soviética, los judíos ucranianos padecieron las mismas limitaciones del resto de sus correligionarios en el nuevo imperio comunista, que llevaban a la progresiva liquidación de su expresión nacional. En 1923, el gobierno soviético trasladó forzosamente a un cuarto de millón de judíos a una nueva “república autónoma” creada en Crimea, cuya ya importante población judía se incrementó así notablemente.
Ucrania estuvo entre los primeros territorios soviéticos que los nazis invadieron en 1941. Los einsatzgruppen, tropas de aniquilación de las SS, masacraron las comunidades judías ucranianas con el apoyo entusiasta de algunos pobladores locales; al igual que Chmielnicki tres siglos antes, los nazis aprovechaban el antisemitismo que el historiador Paul Johnson considera “endémico” en Ucrania, además de la avidez de muchos no judíos por apoderarse de las casas de sus ex vecinos. El asesinato en masa más conocido fue el del bosque de Babi Yar, cerca de Kiev, donde 33.371 judíos, familias completas, fueron muertos a tiros en solo dos días de septiembre de 1941.
Los judíos sobrevivientes de estas masacres fueron concentrados en guetos para su deportación a los campos de exterminio de Polonia. Allí, los alemanes emplearon a un buen número de prisioneros y voluntarios ucranianos como vigilantes de las barracas; según numerosos testigos, estos eran los más temidos por su crueldad. Mientras, numerosos judíos formaron parte de la resistencia, en bosques y pantanos.
Debe mencionarse que los nazis deportaron a decenas de miles de judíos rumanos hacia la región ucraniana de Transnistria, donde la mayoría murió de hambre, enfermedades o asesinados.
Al final de la guerra habían perdido la vida un millón de judíos ucranianos; sin embargo, tras el conflicto el país siguió teniendo una importante población israelita.
Opresión y liberación
Tras la muerte de Stalin asumió la máxima jefatura de la URSS un ucraniano, Nikita Jruschov, quien a pesar de su aparente moderación continuó con la política antijudía de su predecesor; se realizaron varios juicios-espectáculo por “crímenes económicos”, e incluso se fomentaron las publicaciones antisemitas. La mayoría de las sinagogas fueron clausuradas.
La población judía de Ucrania se redujo progresivamente durante la segunda mitad del siglo XX. Cuando se desintegró la URSS aún quedaba casi medio millón, de los cuales 266 mil emigraron a Israel en la década de 1990; es decir, uno de cada cuatro de los ciudadanos ex soviéticos que hicieron aliá provenía de Ucrania.
En la actualidad residen en ese país unos 65 mil judíos, la mitad de ellos en Kiev, la capital. Por su tamaño es la quinta comunidad judía europea y la duodécima del mundo, y en las dos décadas trascurridas desde la independencia del país se ha convertido en una de las más vibrantes de Europa Oriental. En 2008 se creó el Comité Judío Ucraniano, principal institución de esa kehilá, con el fin de atender problemas sociales y de derechos humanos.
Ucrania enfrenta hoy el riesgo del extremismo ultranacionalista, que casi siempre asume un rostro neonazi, a pesar del sufrimiento que los alemanes infligieron a esa nación. En 2012, el partido de extrema derecha Svoboda obtuvo varios escaños en el Parlamento.
Tras la reciente rebelión contra el gobierno autoritario de Viktor Yanukovich, las renovadas pretensiones territoriales de Rusia sobre la región de Crimea, por su estratégico acceso al Mar Negro y de allí al Mediterráneo, han generado tensiones que podrían degenerar en una nueva guerra. El clima de confrontación ha vuelto a dar lugar a expresiones antisemitas en ambos bandos, tanto entre los nacionalistas (que consideran a los judíos aliados de los rusos) como entre los pro-anexionistas (que ven en los judíos a los representantes de una intromisión occidental). El espectro de Chmielnicki vuelve a asomar su cabeza, y sonríe.
Judíos destacados de ascendencia ucraniana
Shmuel Yosef Agnón, primer Premio Nobel israelí (de Literatura, 1966)
Jaim Najman Bialik, poeta en idioma hebreo
Bob Dylan (Robert Zimmerman), compositor e intérprete de rock estadounidense
Mauricy y Leopold Gottlieb, pintores romántico y modernista, respectivamente
Shalom Aleijem y Méndele Mojer Sfarim, destacadas figuras de la literatura idish
Golda Meir, primera ministra de Israel
Leon Trotsky (Bronstein), líder soviético, creador del Ejército Rojo
Amos Oz, escritor israelí
Vladimir Jabotinsky, líder del “sionismo revisionista”
Vladimir Horowitz, compositor y pianista
Selman Waksman, microbiólogo descubridor de la estreptomicina
Noam Chomsky, lingüista y filósofo
Carl Sagan, astrónomo y divulgador de la ciencia
Steven Spielberg, cineasta
FUENTES: Nuevo Mundo Israelita
Ebban, Abba (1984). Heritage: civilization and the Jews. London: Weidenfeld and Nicolson.
Johnson, Paul (2003). La historia de los judíos. Barcelona: Vergara.
Keller, Werner (1969). Historia del pueblo judío. Barcelona: Ediciones Omega.
www.yadvashem.org.il
wikipedia.org
Por Sami Rozenbaum

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