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Terror e impunidad
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Por Ana Jerozolimski
Este miércoles 26 de marzo se cumplieron 35 años de la suscripción del tratado de paz entre Israel y Egipto, firmado en los jardines de la Casa Blanca por los valientes Menajem Begin y Anwar Sadat, con el aval del entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter.
Es inevitable, ante todo, recordar la emoción que embargó a Israel cuando se anunció que el presidente de Egipto llegaría a Jerusalén, en su histórico viaje de noviembre de 1977; la incredulidad y las lágrimas en los ojos con que lo recibieron y vitorearon por las calles; la felicidad que cautivó a la ciudadanía israelí, pegada a los televisores, cuando lo vieron aparecer junto a la escalerilla de su avión oficial, sonriente y saludando con su mano en alto.
¿Será cierto? Se preguntaban todos aquellos que recordaban los miles de muertos en la guerra de Yom Kipur, en octubre de 1973, que él mismo, Sadat, había encabezado. ¿Acaso ha llegado la era del Mesías, se terminaron las guerras y comienza la era de la paz?
No sólo hoy, a 35 años de la firma del acuerdo, que fue corolario de ese camino y llegó casi un año y medio después del simbólico viaje del presidente egipcio a Israel, sino ya muy poco después de iniciado el proceso, quedó claro que el Mesías no había llegado con la paz debajo del brazo. Egipto fue boicoteado, las oficinas de la Liga Árabe retiradas de El Cairo, el autodenominado Frente de Rechazo fue creado como reacción al reconocimiento de Israel y los extremistas todos se unieron jurando muerte a Egipto e Israel.
Si bien el asesinato de Sadat en octubre de 1981 debe ser visto más que nada en el contexto de su lucha contra los radicales islámicos en Egipto, la paz que había firmado con Israel no hizo menos que incentivar el odio en su contra.
Claro está que Egipto, con el tiempo, volvió a liderar el mundo árabe, las oficinas de la Liga Árabe volvieron a funcionar desde su territorio y se terminó el boicot declarado contra El Cairo. Pero los radicalismos no desaparecieron. Egipto estuvo menos solo cuando Jordania se convirtió en el segundo país árabe en firmar la paz con Israel en octubre de 1994, pero claro está que la reconciliación y el reconocimiento de Israel continúan siendo vistos hoy en el mundo árabe como algo pecaminoso.
Con el propio Egipto, la paz nunca fue lo esperado. Siempre fue fría, distante, con numerosas limitaciones, aunque hubo altibajos al respecto. El comienzo fue más promisorio y luego, la "rutina" de la paz – y no solamente en épocas especialmente tensas debido a operativos militares israelíes – fue, para muchos, decepcionante. Las autoridades egipcias parecían observar quién iba a la embajada de Israel a pedir visa, controlando que no haya demasiado movimiento, que los egipcios no normalicen realmente su relación con Israel.
Mantener el acuerdo de paz, por el beneficio económico que ello dio a Egipto debido a la ayuda de Estados Unidos relacionada al mismo, sí. Acercarse realmente, eso ya era otra cosa.
En los medios de comunicación egipcios, también en los ligados al régimen, los oficialistas, no sólo no se terminó la demonización de Israel – no hablamos de discrepancias y críticas legítimas, sino de demonización pura y clara – sino que inclusive hubo fuertes expresiones de antisemitismo.
Todo esto es cierto, decepcionante y doloroso, pero no arruina el resumen general. No nos hace dudar ni un momento sobre lo bueno de que se haya firmado esa paz, una paz que por más fría que sea, es mucho mejor que una guerra.
Durante 35 años, los ejércitos de Israel y Egipto no estuvieron enfrentados. Hubo incidentes a lo largo de la frontera protagonizados por elementos radicales, por terroristas deseosos siempre de la oportunidad de matar israelíes. Pero el Egipto oficial ya no era parte de eso.
No será por amor a Israel. Ni por concordancia, sin duda, con la política de su gobierno. Que sea por conveniencia, por comprender que Egipto no se puede permitir otra guerra cuando tiene 92 millones de bocas que alimentar, un desafío nada sencillo para un país con una economía endeble. Y ni que hablar para un país enfrascado en serios problemas internos desde hace tres años, por lo cual ha perdido millonarios ingresos del turismo, entre otras cosas.
Que no sea por amor; está perfecto. En realidad, quizás el verdadero secreto de la paz firme radica en la convicción de quienes la firman, de que es buena para sus propios intereses; y de que la guerra siempre es una alternativa peor.
Fuente: Semanario Hebreo de Uruguay

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