Justicia y libertad
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Libros y terror
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Por Alberto Mazor
Entre 1980 y 1984 fui sheliaj del Departamento Hanoar y Hejalutz de la Organización Sionista Mundial en la Comunidad Sefaradí de México y de su movimiento juvenil educativo Dor Jadash.
A diferencia de otras comunidades, las instalaciones de la "Sefa" – el edificio comunitario, la sinagoga, la escuela y la tnuá – se encontraban en el sur del Distrito Federal, lo cual determinó que nos alojáramos en esa zona en la que nos tocó ser testigos de vivencias muy especiales.
Una de ellas está relacionada con un pequeño local llamado "Café Concert", ubicado en la Avenida Universidad de la Colonia Del Valle, a pocas cuadras de nuestro departamento, en donde se reunían, refugiaban y presentaban, ante menos de 50 personas, los más grandes intérpretes latinoamericanos que consiguieron huir de las garras de las dictaduras militares.
Fue así que dos o tres veces por semana, bien entrada la noche, podíamos charlar libremente con Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglieti o Isabel Parra, entre otros, además de poder escuchar sus canciones.
Gabriel García Márquez – todavía sin Premio Nobel y Gabo para todos ellos – frecuentaba el lugar mostrando su solidaridad para con los exiliados sin reparos en prestar cualquier tipo de ayuda necesaria.
Recuerdo que en una de las tantas conversaciones, García Márquez se mostraba incómodo por lo que él definía como "una interpretación tergiversada" de su obra "Cien años de soledad".
"Es como si hubieran leído mitología griega", reclamaba. "Nadie me cree que Macondo es algo real; nadie entiende que un lugar así pueda existir".
En el 2000 volví a México como representante de la Dirección Sionista Mundial. Esta vez lo vi a García Márquez, ya galardonado y mundialmente famoso, en un reportaje televisivo en el cual volvió a comentar acerca de cómo "al publicar Cien años de soledad me salió el tiro por la culata. Mi intención era mostrar la terrible realidad en la que viven la gran mayoría de los habitantes de América Latina, y conseguí exactamente lo contrario. Me salió un libro mítico; algo muy colorido pero imposible de concebir. No me quedó más remedio que escribir El amor en los tiempor del cólera. Sólo después de que lo publiqué, el mundo entendió que Cien años de soledad no era pura imaginación mía".
García Márquez instituyó una nueva forma de narrar y de ver y construir un mundo. Lo hizo al crear Macondo desde la razón, pero también desde la fantasía, los mitos, los sueños y los anhelos, una realidad diferente, que se denominó "realismo mágico".   
"Cien años de soledad" es considerada la obra más representativa de esa corriente literaria que se desarrolló muy fuertemente en las décadas de los 60 y 70, producto de las discrepancias entre dos visiones que en ese momento convivían en América Latina: la cultura de la tecnología y la cultura de la superstición.
Así escribió García Márquez:
"Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa ubicada en el extremo sur de Macondo. Apenas habían empezado cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba trasparentada por una palidez intensa.
-¿Te sientes mal? – le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima. 
– Al contrario – dijo -, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud.
Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse".
Ayer, Gabo volvió a Macondo, y todos nosotros un poco con él.

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