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Por Natan Lerner
No son pocos los vocablos hebreos que se han incorporado a otros idiomas y constituyen hoy parte integrante del lenguaje escrito y hablado de muy diversas latitudes. Entre esos términos sobresalen algunos de hondo raigambre histórico, religioso y filosófico, como “Amén”, o términos populares que describen cualidades muy específicas, como “juzpá”, por ejemplo, aunque éste está tomado más bien del idish que del hebreo. A un nivel y en una categoría diferente de las dos palabras dispares mencionadas, un término hebreo, de intenso sentido israelí, ha adquirido carta de ciudadanía en el lenguaje sociológico y político universal: “kibutz”.
Esta institución sionista e israelí acaba de cumplir su primer centenario. En el tenso clima político y social que vive el país, el aniversario no recibió toda la atención que merece. Ciertamente el gobierno, tan propenso a destacar y ensalzar acontecimientos que tengan olor a heroísmo militar, real o mítico, por un lado, y por el otro, fechas trágicas y simbolismos religiosos, más bien dejó pasar sin pena ni gloria el centésimo cumple-años de la fundación del primer kibutz. La excepción fue el presidente Peres, que no es exactamente gobierno en el sentido técnico de las ciencias políticas, pero está siempre alerta para contribuir a destacar significados sionistas o nacionales y añadirles el peso del prestigio de la institución presidencial.
También en esto, obviamente, la política partidaria desempeña el rol que la caracteriza en muchísimas manifestaciones de la vida israelí.
El kibutz es -y lo fue siempre- una forma de vida que abarca a un porcentaje mínimo de la población del país. Su peso específico en la demografía israelí nunca guardó proporción con su influencia real, en la política, la defensa, la construcción del país, la moralidad pública y la destilación de los principios más elevados que hacen a la definición de lo que es el sionismo y de lo que Israel significa en la vida judía. Claro que no es lo mismo el papel del kibutz en la pequeña sociedad israelí pre-estatal y de los primeros años después de la independencia que la que desempeña en el Israel de hoy, con una población judía diez veces mayor que la que había al proclamarse el Estado, con una avanzada tecnología que ubica al país entre los más desarrollados, con una economía razonablemente sólida, con varios Premios Nobel, con un moderno y sofisticado ejército, con una industria, agricultura, red educacional, y todos los otros componentes de la vida moderna, que ubican a Israel entre los países más adelantados.
A lograr todo eso contribuyó el kibutz, en mayor o menor medida según la respectiva esfera de la vida nacional. Su rol en la conducción del Estado no tuvo relación alguna con el aspecto numérico. Pero, por encima de todo, el kibutz brindó a la nación un aporte de orden moral que excede todos los aspectos prácticos de su contribución. Se podrá argüir que ese aporte moral es meramente simbólico; que se trata tan sólo de romántica; que la ilusión de una forma de vida igualitaria, basada en la cooperación y la distribución equitativa de sus resultados, pasó de moda y fue siempre una utopía; que la sociedad del siglo XXI no es propicia para la existencia de bolsones sociales que dejan de lado los incentivos que han probado ser los motores fundamentales en la vida de los países, tales como el capitalismo, la competencia, el predominio de las aspiraciones individuales; que el socialismo kibutziano es una forma de comunitarismo que no coincide con la naturaleza humana, etc, etc.
De todo esto probablemente hay algo. Pero el hecho es que durante cien anos una pequeña parte de la población israelí adopto como forma de vida una existencia más o menos basada en esos modelos que se consideran anacrónicos por una gran mayoría. No todo individuo es candidato apropiado para la vida del kibutz, así como no toda persona puede adoptarse a una vida monástica, a la disciplina militar, o a una dieta alimenticia.
La sociedad humana es pluralista y hay en ella candidatos a toda clase de fenómenos sociales y modelos de convivencia. La vida en el kibutz entraña la renuncia a algunos de los atractivos y/o riesgos de la sociedad general moderna. Entraña, a la vez, la aceptación de normas de comportamiento al servicio de la colectividad que sólo los partidarios de la competencia colectivista más cavernaria no advierten su valor social y nacional.
Esto no significa que el sistema no tenga sus defectos y fallas. Los tiene. Algunos trata de corregirlos, aunque habrá quien considerará esas correcciones como una renuncia a los principios pristinos del kibutz. Es posible que con las reformas introducidas en la estructura, organización y modalidades de vida del kibutz se consiga fortalecer su compatibilidad con los cambios de la situación nacional. Puede ocurrir que ellas desnaturalicen la esencia social de la institución. Al final de cuentas, la sociedad es un constante ejercicio empírico, a todos los niveles. Y las transformaciones en el kibutz son una expresión de ello. El hecho es que, por encima de detalles y particularidades, el kibutz ha sobrevivido todos los embates de una sociedad que modificó sustancialmente su demografía y convicciones político-sociales.
El centenario del movimiento kibutziano es una oportunidad apropiada para recalcar su contribución a la creación, existencia, consolidación y configuración ideológica del Estado de Israel. Su función no esta concluida. El kibutz no es una pieza arqueológica en el fascinante mosaico israelí. Es una piedra fundamental, quizás un tanto descolorida, pero fundamental en el pleno sentido del término.

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