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Por Rebeca Perli
Buscan imponer la modalidad de desvincular el antisionismo del antisemitismo.
De un tiempo a esta parte se ha venido imponiendo la modalidad de desvincular el antisionismo del antisemitismo (o, si se prefiere, judeofobia) y de clamar que no se tiene nada en contra de los judíos, pero sí contra el Estado de Israel, una posición harto cómoda para no ser tildado de antisemita.
Sionismo es el movimiento de liberación del pueblo judío y la idea que encierra este vocablo es tan antigua como el Monte que le da su nombre; es el vínculo espiritual entre el pueblo judío dondequiera que se encuentre y el Monte Sión en Jerusalén y, si bien el término es relativamente nuevo, el concepto data de tiempos inmemoriales, pues fueron muchos los sionistas que precedieron las ideas de Teodoro Herzl, aunque a él le corresponde el mérito de haber materializado el movimiento y convertido en realidad el retorno a Sión.
Hay quien atribuye la existencia del Estado de Israel al sentimiento de conmiseración que inspiraron los judíos como consecuencia del Holocausto. Craso error: aun si estos desmanes no hubieran tenido lugar, aun sin las adversidades sufridas, el anhelo de volver a la patria ancestral hubiera triunfado.
Sionismo no sólo encierra un concepto político: abarca también el aspecto cultural y el religioso al fomentar la unidad del pueblo judío, así como su potestad de mantener vivas sus tradiciones y sus valores espirituales, además de defender los derechos de los judíos dondequiera que se encuentren. Es la savia del judaísmo ya que por una parte es la razón de ser del Estado de Israel y de éste, a su vez, emana el nutriente que enlaza y sostiene a los judíos del mundo entero. Los maliciosos intentos de demonizar el término y de estigmatizar como delincuentes a los sionistas, no hacen más que delatar la alevosía de quienes así lo expresan.

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