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Por Alberto Mazor
En un viaje histórico a Oriente Medio, el Papa Francisco concentró todas las miradas en su figura humilde y sencilla en un territorio marcado por enfrentamientos y conflictos que se prolongan desde hace mucho tiempo.
Se trata de viaje marcado por el número tres pero que converge en el uno. Tres días de recorrido; tres ciudades: Ammán, Belén y Jerusalén; tres religiones monoteístas.
Pero la peregrinación de Francisco por estas tierras tiende a involucrar a todos los hombres a encontrar la unidad que es expresión de paz. Una paz que, como dijo en Jordania, no se compra ni se vende, sino que es un don que debemos buscar con paciencia y construir artesanalmente, mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana.
Francisco dejó muy claro el mensaje que quiere transmitirnos: hay que "seguir esforzándose por lograr la tan deseada paz". Preocupado por mantener un diálogo sincero con las otras confesiones religiosas, este periplo no puede sustraerse de su contexto político.
Demasiados años esta zona del mundo vive inmersa en un estado de violencia permanente en el que se instaló la idea de que se trata de un conflicto sin solución y no hay espacio para la esperanza.
El viaje del Papa coincide con la ruptura, una vez más, de las negociaciones entre israelíes y palestinos. Oír en una tierra marcada por la guerra una defensa de diálogo, tolerancia y respeto al adversario, al que se considera un enemigo irreconciliable, y también entre comunidades religiosas puede sonar en un mundo descreído e hipócrita como una utopía, pero, como dijo Francisco, "el mundo necesita mensajeros de paz".
Decirlo de forma abierta y sincera, sin tapujos, es una muestra de coraje que sólo un líder respetado como el Papa puede permitirse. Entre todos los derechos menoscabados en la región, Francisco se refirió a la persecución religiosa, que atenta directamente sobre la libertad de conciencia, base de las sociedades democráticas y tolerantes.
En Belén conocerá el drama de quienes están del otro lado del muro que los separa de Jerusalén. Tocará con su mano el dolor de la periferia.
En Jerusalén orará frente al Muro de los Lamentos. Allí, entre sus milenarias  piedras, depositará su pedido de paz.  
A esta altura de los tiempos, aún no comprendimos que la civilización necesita de puentes tendidos y no de muros erigidos. Para ello es imprescindible derrumbar las murallas de la indiferencia egoísta que circunda nuestros corazones y afecta nuestro sentido común.
Dijo la Madre Teresa al recibir el Premio Nobel de la Paz: "Si no tenemos paz en el mundo es porque olvidamos que nos pertenecemos el uno y el otro, y que fruimos creados para amar y ser amados".
El Papa Francisco llegó a la zona, con la humildad que lo caracteriza, para que, frente a los muros, recordemos esas palabras.
"Construir la paz es difícil, pero vivir sin paz es un tormento", afirmó.
Fuente: Israel en línea

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