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Por Beatriz W. De Rittigstein
El mundo está despertando ante el trato discriminatorio y cruel hacia las mujeres en las sociedades donde impera el Islam radical. A las mujeres se les asiste como minusválidas, que no están capacitadas para tomar decisiones ni valerse por sí mismas, por ello se impone la necesidad de un tutor masculino.
Muchos niegan esta situación, sin embargo basta referirnos a algunos pocos ejemplos recientes que corroboran la realidad.
Tras el último Festival de Cannes, a fines de mayo, un tribunal iraní solicitó la flagelación de la actriz Leila Hatami por haber saludado con un beso en la mejilla a Gilles Jacob, presidente del evento. Esa natural muestra de cariño en nuestra sociedad, se castiga con una pena de 50 latigazos en Irán. Simultáneamente, un alto tribunal paquistaní indultó al esposo de la cantante Ghazala Javed, por su asesinato.
Hace unos días, la Comisión de la Promoción de la Virtud de Arabia Saudita detuvo a 60 niñas por participar junto a 15 niños en una fiesta de graduación escolar. Las leyes sauditas prohíben las reuniones mixtas.
La semana pasada, en Paquistán, Farzana Parveen murió apedreada por casarse con un hombre en contra de los deseos de su familia. El caso reviste mayor gravedad, pues unos policías presenciaron cuando sus familiares la golpeaban y no hicieron nada.
En Nigeria, todavía permanecen secuestradas más de 200 niñas por el grupo Boko Haram, cuyo líder, Abubakar Shekau, amenazó con venderlas, justificando que las menores recibían educación occidental.
Con excusas de supuestas deshonras, los hombres de estas sociedades impiden que las mujeres se eduquen y lleven las riendas de sus propias vidas. No perciben que la igualdad de género y valoración del ser humano significan progreso.

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