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Por Alberto Mazor
Es natural: el duelo duele. Pues con cada instancia que duelamos – alguien que muere, una separación, perder amigos – duelamos, entre otras muertes, una muy puntual: la nuestra.
Y esto es, inclusive, un hecho a nivel biológico: nuestro cerebro está tejido, como un macramé, por finos hilos a los que la vida da forma. Cuando algo concluye, una parte de nuestro cerebro se ve obligada a destejerse, como un abrigo que ya no usaremos.
Sin embargo, las hebras de ese abrigo no tienen que ser descartadas. Con esos mismos hilos necesitaremos tejer una nueva forma interna, un nuevo tramo de vida, una nueva identidad.
No obstante, cuando acontece una pérdida colectiva, la sensación precisa puede ser la de «nunca más»: nunca más reiremos, nunca más respiraremos a pleno, nunca más estaremos con nadie, nunca más saldrá un canto desde nuestros labios. Y es natural que así nos parezca: un duelo duele.
Pero, por favor, no olvidemos que es necesario conservar al menos un pedacito de sí ajeno a esa auto-muerte: una parte que no crea en esos «argumentos definitivos» que el duelo impone.
Permitirnos, sí, estar turbados y confusos, incinerarnos por dentro, contar hasta mil, guardar lo guardable, enojarnos, encerrarnos, salir, y volver a encerrarnos. Porque es natural: el duelo duele.
Pero hacer lo imposible para que esa parte interna permanezca sobria, exenta de la oscuridad, recordándonos, desde en algún lugar recóndito, que la vida reclama su continuación en nosotros. Aunque no sepamos cómo hacerlo, la vida misma nos lo irá diciendo.
Antiguamente se le llamaba «duelo» a esa instancia en que dos «caballeros» se citaban, cada uno con un arma caminaba en dirección opuesta, dándose la espalda, y a la voz de «ahora» se disparaban mutuamente. Triste costumbre aquélla.
También en nuestro duelo interno dos partes están en pugna: una que quiere morirse con lo que ha muerto, y otra es esa parte que implica nuestra conexión con la vida.
A pesar de Eyal, Gil-Ad y Naftali, es indispensable que esa parte se salve, haciendo oír su voz cada vez más nítidamente a medida que el proceso de duelo se elabore.
Así, la parte nuestra que muere con lo que se fue, resucitará bajo una nueva forma, en la nueva identidad que necesitaremos construir.
Será indispensable darnos el tiempo justo, hasta saber que es imperioso ya volver a la vida.
Esa será nuestra propia resurrección: el dolor del duelo, transformándonos.

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