El judaísmo en la música de Richard Wagner

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Por Julián Schvindlerman
Ciento cuarenta y cinco años atrás, el compositor alemán Richard Wagner publicó con su firma un texto antisemita fundamental. Titulado Das Judenthum in Der Musik (“El judaísmo en la música”), reafirmó el carácter judeófobo del maestro teutón y se erigió en referente ideológico para la comunidad antisemita de la época.
La edición de 1869 llevó la firma del músico, a diferencia de la edición original, de 1850, la que Wagner firmó con el seudónimo K. Freigedank. Wagner envió su texto, a través de conocidos, a Franz Brendel, editor de una pequeña publicación de música en Leipzig llamada El Nuevo Jornal para la Música. Brendel era además profesor de historia de la música en el Conservatorium de Leipzig, institución fundada por Félix Mendelssohn, de origen judío, a quien Wagner atacaba en su ensayo. Todos los colegas de Brendel exigieron su renuncia, pero este rechazó el pedido y se negó a divulgar el nombre real del autor. Sin embargo, personas del entorno albergaron alguna idea de quien podía ser el escritor fantasma. Franz Liszt escribió a Wagner al año siguiente preguntándole si él era el autor anónimo del ensayo antisemita. “Sabes muy bien que fui yo”, le respondió Wagner, y agregó: “Por largo tiempo he albergado una bronca secreta contra este judaísmo, y esa bronca es tan necesaria a mi naturaleza como la hiel a la sangre. Vino la ocasión, cuando su garabateo maldito me enervó más de lo usual, y repentinamente la dejé aflorar”.
Aunque unas pocas frases bastarían para trasladar la animadversión que Wagner sentía por los judíos -tales como su protesta contra la “influencia judaica en la música”, su declaración de “antipatía invencible por el espíritu judío” y su definición del judaísmo como “la mala conciencia de nuestra civilización moderna”- para apreciar de manera más abarcadora la magnitud de su hostilidad judeófoba, es menester reproducir varias de sus diatribas. El compositor empleaba seguidamente el plural “nosotros” al opinar sobre los judíos, buscando dar la impresión de que él reflejaba el sentir de toda la nación alemana. Seguramente muchos compartían su sentir, pero Alemania estaba ofreciendo a sus judíos mayores libertades y derechos, hecho que lo ofuscaba gravemente.
Ya desde el inicio mismo Wagner marcó el tono: “No se trata aquí de decir algo novedoso, sino más bien de explicar la impresión inconsciente de repulsión íntima que se manifiesta en el pueblo contra el espíritu judío”. Con esta reflexión, el autor exhibió un notable mérito intelectual: décadas antes de que Sigmund Freud presentara sus teorías sobre el inconsciente, él ya refería al concepto. Su ensayo, de hecho, combina asombrosamente el más rancio prejuicio con la observación lúcida y el autor no parece apoyarse en las enseñanzas despreciativas de la teología cristiana tradicional. Salvo algunas pocas referencias religiosas, en general no recurre a la teoría del desplazamiento o a la acusación del deicidio o a las difamaciones rituales para fundamentar su arenga. Más bien edifica su manifiesto en términos estéticos y viscerales, subrayando que hay algo racialmente inadecuado en los judíos.  
Así, Wagner comienza anunciando su repugnancia por el aspecto físico del enemigo: “El judío que, como es sabido, tiene su Dios muy particular, nos sorprende primero, en la vida ordinaria, por su aspecto exterior. Ante cualquier nacionalidad europea que pertenezcamos, él presenta algo desagradablemente extraño a esa nacionalidad: involuntariamente deseamos no tener nada en común con un hombre que tiene esa apariencia”.
A continuación detalla la condición apátrida del judío y “el carácter estético de los hechos”. En su visión, el judío habla las lenguas europeas modernas como lenguas aprendidas y no como una lengua materna, lo cual “debe impedirle toda facultad de expresarse conforme al genio de cada una de ellas, con originalidad y personalidad”. Como el judío se mantuvo “fuera de la comunidad [europea], sólo con su Jehová, en una raza y en una tribu dispersa y desarraigada” está limitado en su capacidad de expresarse en la lengua moderna y “el judío solamente puede repetir, imitar, pero no hablar realmente como poeta, ni tampoco crear obras de arte”. Prosigue sin titubeo: “Lo que nos repugna particularmente es la expresión física del acento judío”. Dice Wagner: “La civilización no logró, a pesar de su contacto de dos mil años con las naciones europeas, vencer la persistencia sorprendente de lo judío nativo en lo que respecta a las particularidades del acento semítico. Nuestro oído se ve afectado de manera extraña y desagradable por el sonido agudo, chillón, seseante y arrastrado de la pronunciación judía”. Y continúa: “Cuando oímos hablar a un judío, la ausencia de toda expresión puramente humana en su discurso nos hiere a pesar nuestro… el acento caricaturesco de su lenguaje produce siempre un efecto ridículo y no despierta en nosotros ninguna simpatía por el interlocutor”.
Wagner reconoce la existencia de músicos y pensadores judíos, a quienes distingue de los judíos “vulgares”, los compara con los loros –“esos pájaros ridículos”– y tipifica de “simiesco” su lenguaje y elocución. A esta deshumanización, Wagner agrega su mofa en torno de la liturgia hebrea sinagogal: “Por más inclinados que estemos en figurarnos la nobleza y la belleza de este servicio religioso en su pureza original, debemos reconocer con evidencia que sólo se transmitió hasta nosotros con las alteraciones más repugnantes”.
Posteriormente, Wagner se empeña en reforzar la idea de la incapacidad judía para el arte, cuyas creaciones sólo pueden lucir “extrañas, frías, raras, indiferentes, antinaturales, y desfiguradas”. Esto es así puesto que el judío “no siente ninguna pasión verdadera, y menos aún una pasión capaz de darle el deseo de la creación artística”. Y postula al respecto que “debemos designar al período histórico del judaísmo dentro de la música moderna, como el de la esterilidad completa y del equilibrio roto”. Wagner enuncia que “un judío puede ser dotado del talento específico más hermoso, poseer la educación más perfecta y más amplia, la ambición más elevada y más delicada, sin poder jamás, por medio de todas esas dotes, obtener ni una sola vez que nuestro corazón y nuestra alma se vieran embargados por esa impresión incomparable que esperamos del arte”. Para él, “No necesitamos dar la prueba de que el arte moderno se ha judaizado; el hecho salta a la vista”, por eso “lo más urgente es emanciparnos de la opresión judía”.
Su párrafo final y fulminante está dirigido al pueblo hebreo como Ashaverus –el nombre del judío errante–: “Tomen parte sin prevención en esta obra de redención en donde la destrucción regenera, y entonces estaremos unidos y seremos semejantes. Pero tengan en cuenta que existe sólo un medio de conjurar la maldición que pesa sobre ustedes: la redención de Ashaverus es su aniquilamiento”.
Este tracto hizo de Richard Wagner el máximo judeófobo alemán de la época. Incluso en un contexto de teorías raciales y rampante antisemitismo, la diatriba wagneriana y sus recomendaciones extremas a propósito del destino del pueblo judío ubicaron al músico en una categoría singular de antisemitismo.

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