Kurdos y judíos, destinados a reescribir la historia

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Por Yashmina Shawki
No tengo ningún amigo o conocido judío, que yo sepa, y, para el caso, tampoco ningún enemigo, o eso espero. Y no porque lo haya evitado, ni mucho menos, sino, porque, simplemente en mi entorno nunca ha habido ninguno. Sin embargo, mi padre, sí tuvo, al menos, un amigo judío. Llegado hasta aquí, los lectores que hayan tenido a bien iniciar el recorrido por este artículo, seguramente estarán pensado, “bueno, ¿y qué?, ¿a qué viene esto?”. Pues, lo cierto es que estas dos afirmaciones son muy relevantes desde el punto de vista histórico para la gente de mi generación y las posteriores ya que, si hemos vivido separados y con un profundo desconocimiento unos de otros no ha sido por voluntad sino por imposición de las circunstancias. Unas circunstancias que también han marcado la, aparentemente inexistente, relación de kurdos y judíos.
Mi padre nació, supuestamente, porque los registros en el Kurdistán iraquí de la época eran poco precisos, en la década de los treinta del siglo pasado, y yo llegué a este mundo algunas décadas después. Por lo tanto, mi padre aún era un adolescente cuando Israel se erigió como estado independiente y el conflicto árabe –israelí se embarcó en la actual espiral de sangre. Tuvo, así la oportunidad de conocer a la comunidad judía de Baghdad, esa comunidad hoy desconocida pero que, en las primeras décadas del siglo pasado tuvo un papel tan relevante, entre otras cosas, en la recuperación y revitalización, en cooperación con artistas de otras confesiones, tradiciones artísticas tan intrínsecamente iraquíes, como el Maqam.
Yo, por el contrario, no tuve la ocasión siquiera, de tomar conciencia de que, en algún momento de la historia, un grupo de personas distintas de las árabes, armenias, asirias, caldeas, kurdas, turcomanas, etc. que convivían en el Iraq que yo conocí, habían tenido una presencia tan importante como denostada en la historia de este país y, para el caso, en casi todo el denominado “mundo árabe”. Porque, como por todos es sabido, desde 1948, los judíos dejaron de existir salvo para ser maldecidos por su enfrentamiento con los palestinos.
Sólo cuando empecé a especializarme en la historia de Oriente Próximo mi interés y mis estudios me fueron acercando a esa parte del devenir de la región, es decir, la de los judíos, tan oscurecida y condenada al olvido, como la historia de los kurdos, objeto central de mi dedicación.
No tardé en constatar que los intereses que, en la mayoría de los casos nada tenían que ver con la realidad de los judíos ni con la de los kurdos les convirtieron a ambos, de manera separada aunque similar, en enemigos a eliminar, no sólo física sino también documental e históricamente, tanto por árabes, como por turcos y persas, curiosamente, todos musulmanes. Y digo curiosamente porque, si la diferencia religiosa con los judíos podía “justificar”, en alguna medida la enemistad, no es aplicable para el caso kurdo, quienes en su mayoría profesan esta fe.
Así, si los judíos tuvieron que huir de todos los países en los que sus ancestros habían vivido durante siglos, a los kurdos se les trasladó de manera forzosa para romper una de sus mayores fortalezas, su arraigo al Kurdistán o, lo que es lo mismo, a las montañas de los Zagros, donde han vivido desde hace milenios. Sí, milenios, algo que sorprende tanto como el hecho de que algunos estudios genéticos hayan determinado que las tres etnias más antiguas de Oriente Próximo son la aramea, la judía y la kurda y que, por lo tanto, son los habitantes que tienen más derecho a reivindicar su identidad. Así que, existe un triste paralelismo que, espero, sea objeto de un estudio académico en profundidad en un futuro no muy lejano.
La contienda imperialista árabe, turca y persa
Pero, al margen de las similitudes en la manera que han sido perseguidos y masacrados, porque los kurdos al igual que los judíos, – como también los armenios y asirios – han sufrido duras campañas de exterminio tanto por los turcos, sobre todo, desde la década de los años veinte hasta los cincuenta del siglo pasado, y por los iraquíes, fundamentalmente, en la década de los ochenta, es de destacar la política de acorralamiento y negación que han tenido que afrontar en un entorno hostil donde el odio religioso, confunde u oculta intereses que tienen más que ver con las aspiraciones imperialistas árabes, turcas y persas que con cuestiones de enfrentamientos étnicos. Y es que, tanto kurdos como judíos constituyen serios obstáculos para la voluntad panislámica que está convirtiendo a todo Oriente Próximo en un terrible campo de batalla con la excusa de la lucha anti- yihadista.
A la secular rivalidad por la hegemonía en la región, entre el Imperio Otomano, musulmán sunnita y el Imperio Persa, musulmán chiíta, hoy entre sus secuelas, Turquía e Irán, hay que añadir, la aspiración de liderazgo panarabista, en decadencia pero aún vigente en Egipto, así como el empuje fundamentalista del wahabismo, o lo que es lo mismo, de Arabia Saudita en competición con Qatar. Obviamente, en los planes de expansión de cualquiera de estos contendientes, cualquier grupo humano que se oponga a su primacía es un enemigo a batir, como es el caso de los judíos y los kurdos.
No voy a revisar aquí los diversos acontecimientos históricos ni los diferentes intereses internacionales que tanto han condicionado la existencia de Israel y, también, boicoteado cuando no impedido el reconocimiento de Palestina porque, soy de la opinión que ambos son víctimas directas de la nefasta influencia de los actores mencionados en el párrafo anterior pero, sí creo que puede interesar al lector un breve repaso a la historia reciente de los kurdos.
La historia de los kurdos
Los kurdos son el mayor pueblo sin estado reconocido, – ya que se estima que, al menos está integrado por cuarenta millones de personas que habitan un territorio de, aproximadamente medio millón de kilómetros cuadrados – y perdieron el tren de la historia en 1923. Quizás, ello fue debido, en parte, a su lenta reacción frente a otras etnias y minorías bajo el dominio del Imperio Otomano, a la hora de reclamar su reconocimiento por la Comunidad Internacional durante las negociaciones posteriores a la finalización de la Primera Guerra Mundial.
Pese a ello, los kurdos, vieron sus aspiraciones reconocidas en el Tratado de Sèvres de 1920, el cual no sólo los mencionaba de manera directa sino que, además establecía la necesidad de celebrar un referéndum para que pudieran decidir si querían la independencia o no.
Pero el proceso de creación de la nueva Turquía y las sucesivas guerras que los kemalistas llevaron a cabo para consolidar su dominio sobre Anatolia y que provocaron una revisión del Tratado de Sèvres mediante el de Lausana de 1923, borrarían a los kurdos de este documento y todos los posteriores. Borrados de los textos internacionales, escondidos a la opinión pública, los kurdos han mantenido su lucha hasta el día de hoy.
Aunque, a lo largo del siglo XIX tuvieron lugar diversos levantamientos contra el Imperio Otomano y que estos se recrudecieron a comienzos del siglo XX, fue a partir de la firma de este tratado que la rebelión kurda se agravó. Así, los kurdos desarrollaron una feroz lucha contra los gobiernos de Iraq, Irán, Siria y Turquía, lo que les supuso persecuciones, traslados masivos, expropiaciones forzosas, la prohibición de hablar su idioma, etc. Pese a experiencias tan aleccionadoras como la República de Mahabad de 1946 nunca lograron más allá de una autonomía muy limitada en Iraq. Un reconocimiento insuficiente que no aplacaría la resistencia kurda. La incapacidad del gobierno de Saddam para sofocarla por los métodos tradicionales alentó su gaseamiento lo que provocaría la masacre de Halabja de 1988 y la campaña de exterminio de Anfal.
Tras la Guerra del Golfo de 1991, el nuevo levantamiento kurdo y el éxodo de la población forzarían a la Comunidad Internacional a decretar zonas de exclusión aérea e iniciar una campaña de protección que permitiría a los kurdos iraquíes sentar las bases de su actual autonomía democrática. En Turquía, pese a los aparentes esfuerzos del gobierno de Ankara por conseguir una paz duradera, los kurdos siguen sin gozar de sus derechos. Tras décadas de negación de su existencia en Siria, los kurdos se han erigido como paradigma de la resistencia, primero frente al gobierno de Bashar al Asad y, recientemente, en Kobane, frente al Estado Islámico.
Por su parte, Israel, en un entorno eminentemente hostil, logró establecer una serie de pactos con Egipto y Turquía que le dieron un cierto respiro durante décadas. Sería esta colaboración con Turquía, hasta hace unos años un país con una trayectoria cuasi – laica, la que dificultaría, al menos de cara al público un acercamiento con los kurdos. Pero, ahora que el verdadero trasfondo del liderazgo turco se está haciendo tan evidente, ya nada impide un cambio en la actitud, los gestos y la imagen.
Y es que a nadie se le oculta el apoyo que Erdogan ha prestado y está prestando a los fanáticos del Estado Islámico, enemigo común de Israel, de los kurdos y de todos los habitantes de Oriente Próximo que aspiran a un gobierno democrático.
Los kurdos constituyen la gran esperanza para el cambio en Oriente Próximo, un cambio que, sin embargo, inquieta y mucho a todos los países vecinos, salvo, probablemente Israel. ¿Y por qué? Fundamentalmente, porque si los kurdos lograran la independencia tendría que darse una reconfiguración geoestratégica – con reducción de territorios – que rompería todas las alianzas y juegos de poder de la zona. Pero, además, los kurdos se harían con el control de los importantes yacimientos de petróleo en el norte de Iraq e Irán y también con los cursos de los imprescindibles Tigris y Eufrates.
Control territorial estratégico, ingentes recursos económicos y dominio del agua constituyen una combinación difícilmente soportable por los dominadores de la zona. El hecho de que, además, sean los kurdos los que estén luchando y defendiendo a todas las minorías, de la agresión de los fanáticos del Estado Islámico, la criatura de Arabia Saudita y Turquía, añade más sal a la herida.
Con un enemigo común tan terrible e intereses coincidentes, parece inevitable una alianza estratégica entre judíos y kurdos que permita, a los que han permanecido tanto tiempo condenados, reescribir y cambiar el curso de la historia mediante una cooperación que logre llevar a Oriente Próximo la paz y la justicia más allá de la etnia y la religión.
Fuente: Aurora Digital

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