Abominar todo lo que induce a idolatrar

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Por Víctor Cherem Laniado
Siempre habrá, en su angustia por tener al que le sirva de guía y protector, quien clame y se consuele por alguna figura que lo represente y defienda; pecado capital, cuya condena por Dios relata la Biblia ante la afrenta que su pueblo infligiera, plegado ante un becerro de oro, por la impaciencia al demorar Moisés el descenso del Monte de Sinaí con las Tablas de la Ley.
Es entonces cuando con la admonición “amarás a Dios por encima de todas las cosas” que el Judaísmo advierte a la humanidad y, en consecuencia, al hombre, que el postulado fundamental que ha de regir la relación entre los seres humanos es el del respeto y convivencia como iguales, cual principio y fin de su existencia, donde inexorablemente la historia refleja el suplicio que su trasgresión produce.
Desde que el mundo es mundo se repite, en vaivén cíclico, desear el poder sin atenuante dentro del postulado maquiavélico de que el fin justifica los medios; y si en la antigüedad el conquistador (Alejandro Magno, Gengis Khan) y el agresor (pueblo maya-inca-azteca…) dio con ese objetivo drogas para envanecer hordas, en la era moderna la tiranía fascista-nazi-comunista toma de señuelo el odio religioso-racial-étnico-social. Y mientras el indígena de América Latina invoca difusas deidades, el nazismo lo tuvo en el pagano dios teutón Wotán, que inducía a torturar y matar para conservar la raza aria.
El católico excusó su masacre al judío aduciendo que este carecía de amor: Yahvé ordenó exterminar al impío e impuso la Ley del Talión (sin embargo, en Deuteronomio y el Levítico se dice: “Oye, Israel, amarás a Dios de todo corazón y alma” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”). Y luego, tanto el católico como el protestante, que con armas y terror ocuparon continentes y subyugaron su gente, hoy abjuran de tal proceder para sosiego de la civilización, aspirando a que tal modus operandi desaparezca.
Pese existir una versión oriental musulmana tolerante, se manifiesta incontenible la sharía extremista, amenazando aplastar principios democráticos que caracterizan a Occidente, apoyada en el tarifado intelectual —supuesto progresista— y en gobiernos sustentados por el lumpen proletariado; ambos están conscientes de que su unión es temporal, cual efímeros compañeros de ruta, que sin duda luego han de enfrentarse.
Empero, entretanto el confucionista-hinduista-budista eleva preces, también da libertad de culto a la población del gran espectro territorial que domina, y es condescendiente con sus creencias —de esencia herética—, permitiendo la intrusión de supersticiosos actos de fe supeditados al cumplimiento de sentimientos de larga data en Asia y África, sin restringirle a su propia feligresía aunarse a ese antro de plegarias.
Confucio, ecléctico por antonomasia, exige al hombre cumplir su deber y costumbre social, y al Estado ejercer su autoridad con una conducta irreprochable; su premisa: el Zen = amor a base de justicia-virtud-lealtad. Y aun siendo agnóstico, ¿cómo entender la muerte sin saber de la vida? Su amplitud facilita el sincretismo, compenetrándose con el Budismo, con el Taoísmo, que afloraran en China.
El Hinduismo respeta la vida, cultiva la no-violencia, cree en el principio infinito = Brahma; adapta creencias de instituciones socioreligiosas del aborigen de India, basado en la tradición védica del ario; su Rigveda recoge el ritual del culto al fuego, que mezcla con primitiva señal de sumisión, al punto de atravesar su piel con clavos y púas.
El Budismo es más una ética individual que una religión formal; sin deidad-anatema-dogma de fe-doctrina de inmortalidad-concepto de revelación divina, va en busca de su meta: la verdad y rectitud a través del Dharma, principio cuya intención es hallar la felicidad espiritual = Nirvana.
El Sintoísmo, religión politeísta-animista sin profesión de fe ni escritura sagrada, impera en el grupo étnico del Japón; a través de su historia exaltó la visión del guerrero samurai, que antaño estuviera protegido frente al invasor por vientos huracanados (kamikazi), lo que le hizo pelear con fanatismo en la Segunda Guerra Mundial; pero hoy en día es baluarte de la comprensión.
Sin arribar al umbral de sacrificio que en países colonialistas tuvieran Lumumba-Mandela-Gandhi, en el tercer mundo que lidera América Latina, en el pos-ciclo del caudillo (Pancho Villa, Zapata, Sandino) y el idealista (Martí), emerge el idólatra de derecha: Perón, Trujillo, Somoza, que sacudidos por moralistas suicidas (Chibás, Vargas) da pié al demócrata: Haya de la Torre, Betancourt. Mas luego degenera en populismo, con su mentor Fidel, ante ilusos: Goulart, Arbenz, y luego con demagogos como Lula, Ortega, Correa, Evo… que trasgreden los postulados de Marx, Engels, Trotski y Gramsci, instaurando un mesianimo a base del ruin mendrugo de pan.
Pese a unirse a la avalancha comunicacional que compra medios con la avaricia financiera del rastrero capitalista, hoy se le enfrenta un mundo democrático, cuyo sino es la igualdad con valores que caracterizan al pueblo judío, inclusive dando cupo a la pasión, como cuando Ricardo Corazón de León propone a Saladino dirimir la propiedad de la ajena Jerusalén mediante un partido de fútbol.
Consecuente con su crítica a la apetencia procaz por lujuria, debilidad innata al vicio del cual arrepentido se abjura una y otra vez para retomar el camino correcto, sin dejar sitio al mordaz señuelo de la vanidad arrogante ni al tentador ambiente donde pululan oportunistas, el Judaísmo debe proseguir señalando —con Israel de ejemplo— que la diáfana verdad y real justicia es la ley que engalana al hombre.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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