Realismo mágico en la prensa mundial

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Por Julián Schvindlerman
Que muchos periodistas son novelistas frustrados es fácil de comprobar: con sólo observar su cobertura del conflicto palestino-israelí vemos claramente que sus reportes son las más de las veces narrativas ficcionales. Regularmente ignoran reportar, o lo hacen limitadamente, sobre otras crisis del planeta tales como la matanza de 1.600 mujeres en Pakistán (271 de ellas violadas y 193 quemadas vivas) en 2013, las carnicerías del Congo (más de cinco millones de muertos hasta el 2012), la guerra de las drogas en México (60.000 muertos entre 2006-2012), la erradicación de la cultura tibetana en China u otras disputas en lugares remotos. “Ellos creen que Israel es la noticia más importante en la tierra, o muy cerca” señaló Matti Friedman, ex corresponsal en Tierra Santa de Associated Press y quien aportó los ejemplos arriba citados.
Dada la atención desproporcionada que Israel recibe en los medios de comunicación, fue llamativo advertir cómo la última seguidilla de atentados palestinos contra israelíes fue mayormente desatendida. Sólo cuando la cantidad, regularidad y el factor atrocidad de estas agresiones las hizo imposibles de ignorar los corresponsales tomaron nota. Y entonces exhibieron con prístina nitidez su vocación por el género de la novela.
CNN Internacional dio la nota más destacada al describir inicialmente la matanza de cuatro rabinos y un policía en una sinagoga en la capital del país el 17 de noviembre como un “atentado mortífero contra una mezquita en Jerusalem” para luego agregar otro epígrafe que informaba sobre ese ataque brutal así: “la policía disparó, mató a dos palestinos”. Seguía los pasos de AP que el 22 de octubre informó a la opinión pública a propósito de un ataque en el que un palestino atropelló a israelíes ocasionando la muerte a una beba de tres meses, entre otros, con este titular: “la policía israelí disparó a un hombre en Jerusalem Este”.
La corresponsal principal del New York Times en Israel, Jodi Rudoren, aportó su interpretación de esa masacre: “Esa sangre desparramada sobre las prendas rituales y los libros sagrados de las víctimas subraya las señales cada vez más evidentes de que los extremistas de ambos bando están transformando la guerra estancada por el territorio y la identidad en una guerra religiosa a todo o nada”. Sólo que no hubo extremistas de ambos bandos. De un lado, palestinos armados con hachas y rifles, del otro, rabinos rezando. Luego apunta acerca del “ciclo de violencia y deshumanización mutua” pero, una vez más, no hay equiparación posible: la incitación oficial en la calle palestina contra los israelíes es muy real (y olímpicamente desconsiderada por los medios) en tanto que la incitación oficial israelí anti-palestina, sencillamente, es inexistente.
La necesidad de crear una equivalencia moral entre las partes, de arrojar responsabilidad equilátera a israelíes y palestinos por la ausencia de la paz, de modo que la narrativa ficcional sobre este conflicto que han edificado los periodistas no tastabille es vívida en una entrevista de Julieta Roffo a David Grossman (por supuesto, es de manual entrevistar casi exclusivamente a personalidades de la izquierda israelí que validen los preconceptos de los periodistas) en la Revista de Cultura Ñ del 22 de noviembre. Aquí parte de su narración: “El martes hubo un atentado en una sinagoga… en el que hubo cuatro muertos cuando dos hombres -luego muertos por la policía- entraron en la sinagoga armados con un cuchillo, un hacha y una pistola”. Notable esfuerzo en ocultar la identidad de las víctimas y los victimarios: que los muertos fueron israelíes y los asesinos, palestinos, se puede deducir del contexto pero no está explícitamente indicado. A continuación ella afirma que “un palestino mató a dos personas -entre ellas un bebé-” y que “poco después se produjo un tiroteo que dejó herido en Jerusalem Oeste a un rabino ultranacionalista judío”. Dejando de lado que los rabinos, ultranacionalistas o no, usualmente son judíos, el hecho fue groseramente higienizado: no hubo un tiroteo donde alguien cayó herido, sino un ataque a quemarropa contra un ciudadano israelí por parte de un terrorista palestino. Oh, y el presidente Abbas envió una carta de condolencias a la familia del asesino abatido, pero Julieta Roffo no considera que ese dato merezca mención.
Seguidamente se publica una nota inconexa de Sonia Budassi, presentada como autora y periodista becada por el Fondo Nacional de las Artes, que en cierto momento menciona la existencia de una queja puesto que hay más noticias sobre Israel que sobre los países árabes y gloriosamente señala: “Escritores y periodistas de distintos medios coinciden: ante la enorme comunidad judía en todo el mundo, los editores creen que el tema genera mayor interés que el mundo árabe”. Han hecho bien los editores del suplemento cultural de Clarín en apuntar que ella proviene del campo de las letras y no de las matemáticas, así podemos perdonarle que no haya hecho correctamente las cuentas: la “enorme” comunidad judía mundial cuenta catorce millones sobre un total de más de siete mil millones de habitantes del planeta, entre los que hay cerca de 400 millones de árabes y casi 1.500 millones de musulmanes. Sin embargo y misteriosamente, son los minúsculos 14 millones de judíos -el equivalente a un error estadístico en China- los que captan la atención de “escritores y periodistas de distintos medios” lo que sea que ello signifique. La nota lleva por subtítulo “Cómo narrar la tensión en Oriente Medio sin caer en prejuicios eurocentristas”. A los editores se les escapó la ironía.
Clarín esta enroscado en una lucha épica con el gobierno, en la que ambos se acusan de propagar un relato mentiroso sobre la realidad nacional. Que pena que los dueños, editores y periodistas del grupo no puedan ver que su tratamiento del conflicto palestino-israelí es tan ficticio y dañino como la gran novela K lo es sobre la Argentina.

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