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Por Julián Schvindlerman
Grandes personalidades han tenido funerales masivos. Mahatma Gandhi fue llorado por dos millones de indios en 1948. Josef Stalin fue despedido por cinco millones de soviéticos en 1953. Un millón de norteamericanos saludaron a John F. Kennedy en 1963. Tres millones de iraníes asistieron al funeral de Ruhollah Khomeini en 1989, dos millones de católicos llenaron la Plaza San Pedro en el 2005 por Juan Pablo II e igual cantidad despidió a Hugo Chávez en el 2013.
Grandes números, no obstante, no significa honra necesariamente. La grandeza de un hombre o de una mujer no se puede medir por la cantidad de seguidores solamente. Aunque aún bajo ese sólo estándar el recientemente fallecido Nelson Mandela calificaría noblemente, lo que lo ha distinguido como uno entre pocos líderes extraordinarios del siglo XX fueron los atributos de su personalidad. A su memorial asistieron conmovidos por igual el presidente de los Estados Unidos Barack Obama y el presidente de Cuba Raúl Castro. Al enterarse de su muerte, lo elogiaron el presidente de Irán Hassan Rohani y el premier israelí Binyamín Netanyahu.
Lo que hizo único a Mandela fue su capacidad sobrehumana para perdonar -sin olvidar- a sus enemigos, para dar vuelta una página de su historia personal y la de su pueblo a favor de la reconciliación y la paz. La historia está repleta de rebeldes y luchadores por la libertad (usando el término libremente) que una vez alcanzado el poder traicionan sus ideales, pisotean sus promesas y dan la espalda a su pueblo. Idi Amín, Fidel Castro y Yasser Arafat son algunos ejemplos que vienen a la mente de líderes fracasados que han prometido la luna y entregado una estrella fugaz. Si eso.
Al cabo de veintisiete años de injusto encarcelamiento, al lograr la libertad Mandela pudo haberse dejado llevar por el anhelo de la retribución. Al hacer a un costado la sed de venganza particular y priorizar el destino colectivo de su nación, al desestimar la idea de la relección indefinida y al repudiar las tentaciones del populismo facilista, Mandela aseguró que Sudáfrica no se convirtiese en otro estado fallido de esa castigada región. Basta con mirar alrededor de su patria para comprobar cuan distinto ha sido el camino que él eligió transitar. Esto lo ha hecho un grande.
Como casi toda figura pública relevante, Mandela no ha estado exento de ceder al oportunismo o de caer en el error. Su asociación con representantes de lo peor del Medio Oriente, por caso, no ha sido precisamente una marca de distinción. Apenas dos semanas de salir de prisión, en 1990, se reunió con Yasser Arafat, por entonces firmemente anclado en su política violentamente hostil hacia Israel. La OLP había entrenado militarmente a hombres del Congreso Nacional Africano y Mandela veía con simpatía la causa de liberación palestina. Tuvo además como gran aliado al coronel Muhamar Gadafi, quién patrocinaría financieramente la campaña electoral del sudafricano años después. Un nieto de Mandela lleva por nombre Gadafi, tal la cercanía que los unió. Su pasada militancia en el extremismo y sus posteriores vinculaciones problemáticas le valieron su inclusión en la lista de terroristas de los Estados Unidos, hasta el 2008.
Mandela tuvo una actitud ambivalente hacia Israel. Justificadamente le reprochaba su alianza con la Sudáfrica del Apartheid: Jerusalem no rompió relaciones diplomáticas con Pretoria y de hecho fue un importante socio comercial. Tardó mucho en aceptar visitar el país. Para cuando finalmente lo hizo su mandato presidencial ya había terminado. Antes honró con su presencia a Irán, Siria y Jordania. Fue un crítico de la denominada ocupación israelí de las tierras capturadas tras la guerra de 1967 y argumentó con vehemencia contra la noción de que la paz era posible en ese escenario. A la vez, defendió el derecho de Israel a existir en un clima de paz y seguridad y pidió a las naciones árabes que aceptasen la legitimidad de Israel en la zona.
Mejores relaciones tuvo con sus compatriotas judíos. Quizás no formalmente con la comunidad judía como tal, pero sí de por cierto con varios de sus miembros. Sus primeros empleadores fueron judíos de apellido Sidelsky, quienes lo contrataron como abogado en su estudio jurídico en 1942; época poco habituada a tales cosas. Diez años más tarde establecería el primer bufete de abogados de su país integrado solamente por personas de color, el estudio Mandela & Tambo. Un judío, Arthur Goldreich, dio refugio a Mandela y a camaradas en armas del perseguido Congreso Nacional Africano en una granja de su propiedad. El fiscal principal del juicio que lo condenó por supuesta alta traición era un judío, Percy Yutar, pero también lo fueron varios de sus defensores legales: Israel Maisels y Arthur Chaskalson. Entre los miembros blancos y judíos del Partido Comunista Sudafricano, de fuerte tenor anti-apartheid, estaban Joe Slovo y Gill Marcus, a quienes Mandela incluiría en su gabinete al asumir la presidencia de la nación. Que el gran rabino de Sudáfrica, Cyril Harris, fuese invitado a bendecir su último matrimonio es un testimonio de los lazos cálidos que supo cultivar con sus hermanos hebreos sudafricanos.
El mundo ha perdido a un gran líder. Una figura no inmaculada quizás, pero ciertamente de elevada estatura moral. Su legado ahora descansa en las manos de sus sucesores.

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