Charlie Hebdo: fascismo y asesinato

Cómo entender el ataque jihadista en Francia
13/01/2015
El siniestro plan de Wannsee
22/01/2015
Por Ricardo Aronskind
El raid terrorista que dejó 17 muertos en París quizás ayude a la izquierda latinoamericana a reflexionar sobre el carácter ultra-reaccionario de los grupos fundamentalistas islámicos, ya que lejos de atacar intervenciones imperialistas o a grupos racistas europeos fueron a masacrar a quienes encarnan lo mejor de la herencia cultural de la Revolución Francesa y de la Ilustración. “Tal vez la sangre de los caricaturistas franceses ayude a colocar a estos grupos, ideologías y prácticas en el lugar que deberían ocupar en un genuino análisis de izquierda: en la más indiscutible expresión de la derecha fascista. Si fuese necesario otro elemento para descartar cualquier presunta conexión con una ‘lucha de liberación’, la toma del supermercado de productos kasher el día posterior es contundente”, afirma el autor.
El fusilamiento de parte de la redacción de semanario satírico francés Charlie Hebdo por parte de comandos islámicos constituye un hecho de barbarie con múltiples resonancias.
En primer lugar, es la consumación de una serie de amenazas contra la publicación basadas en la idea de que “se ofende al Islam“, cuando en realidad la revista ridiculiza a los trogloditas que pretenden imponer a propios y extraños una versión retrógrada de dicha religión.
La publicación se ha caracterizado históricamente por su irreverencia para tratar diversos temas de actualidad, burlándose de políticos y religiosos desde una perspectiva laica y progresista.
Pero no se trata de un problema entre “el Islam” y “Occidente”
En realidad, la propensión al asesinato está presente en toda corriente fundamentalista, que por auto-definición se siente portadora de una verdad sagrada que debe ser impuesta.
Han sido fundamentalistas cristianos los que han tiroteado -y asesinado- a médicos y enfermeras que trabajaban en centros públicos norteamericanos, dedicados a la realización de abortos de acuerdo a prácticas seguras. Su interpretación de la Biblia los autorizaba al asesinato. Fundamentalistas judíos, como Baruj Goldstein, perpetraron la masacre en la Tumba de Raquel, o como el fanático Igal Amir, que asesinó al primer ministro israelí Itzjak Rabin. En este caso, la Torá interpretada por ellos los animaba al crimen.
En este episodio sangriento, la saña criminal parece bien organizada. Es evidente que hubo tareas de inteligencia previas y cierta infraestructura para permitir la operación. Y es claro que hay un núcleo de poderosos integristas fanáticos que apoya, y financia, estos crímenes. Es importante recordar que buena parte de los fondos que sostienen a diversas organizaciones fundamentalistas islámicas en todo el mundo, provienen de países petroleros del Golfo Pérsico, algunos estrechamente ligados a los Estados Unidos.
Lamentablemente en América Latina y en especial en los sectores progresistas y de izquierda, no se entiende el fenómeno fundamentalista. En general se lo trata de reducir a una variante de tercermundismo, que si bien tendría algunas prácticas “extrañas”, encarna una lucha básicamente justa, porque “lucha contra el imperialismo” o “el sionismo”. La masacre de Charlie Hebdo quizás ayude a reflexionar sobre el carácter ultra-reaccionario de estos grupos. No apuntaron a objetivos políticos militares que podrían ser identificados con las intervenciones imperialistas en África o Asia, o a grupos racistas europeos que hostigan sistemáticamente a la población europea de esos orígenes. Fueron a masacrar a quienes encarnan lo mejor de la herencia cultural de la Revolución Francesa y de la Ilustración, a las que odian tanto como lo hicieron los fascistas de todas las épocas. Asesinaron a intelectuales críticos que seguramente defenderían con más convicción que otros los derechos de las minorías culturales y los valores igualitarios en la sociedad francesa. Derechos que incluyen, también, el derecho a no ser sometidos a la compulsión religiosa y a prácticas denigrantes de la dignidad personal, basadas en interpretaciones arbitrarias de la fe.
Hay quienes prefieren no ver esta lógica política reaccionaria, y buscan interpretar los hechos como un reflejo -en última instancia justiciero- de castigar a los occidentales por lo que “les hacen” a los musulmanes. Pero para poder sostener el argumento, deben aceptar que, si se asesina a trabajadores intelectuales por las decisiones expansionistas que tomó la cúpula del poder occidental (el G7, la OTAN), es porque se ha aplicado el criterio del castigo colectivo. O, expresado en términos más tribales, “cualquiera de tu lado pagará por lo que alguno de los tuyos le hizo a cualquiera de mi lado”. Esa forma de razonar arcaica nos remite a las épocas de las cavernas, y en el siglo XXI es universalmente reaccionaria, sea quien fuera que la aplique.
Los neo-conservadores norteamericanos, antes y durante su época de gloria y poder durante la gestión de George W. Bush, se ocuparon de crear el clima ideológico de cruzada militar contra varios países árabes. Así, acuñaron el término “islamo-fascismo”, para encubrir sus aventuras militares-comerciales con la pátina de la lucha de la democracia contra el autoritarismo. Mientras en la práctica Estados Unidos se ocupaba de desestabilizar a gobiernos árabes laicos (Irak, Libia, Siria), en el campo ideológico había planteado un eje de conflicto imaginario que intentaba remedar los viejos días de confrontación de la Segunda Guerra Mundial, entre las potencias democráticas y el Eje.
Sin embargo, si a algo se le puede aplicar con propiedad el término “islamo-fascismo” es precisamente a este acto de salvajismo, que nada tiene que envidiarle a las prácticas de amedrentamiento de las hordas de Mussolini antes del asalto al poder, o a los nazis antes y después de la llegada de Hitler a la Cancillería alemana en 1933.
Se ha señalado correctamente, en numerosos artículos, la responsabilidad norteamericana en la potenciación del fenómeno fundamentalista. También en el caso israelí ha habido responsabilidad en el estímulo al crecimiento del grupo Hamas, para debilitar a la entonces poderosa OLP. Esto es tan cierto, como el hecho que estos grupos se han autonomizado y logrado sus propias fuentes de financiamiento, reclutamiento, adoctrinamiento, entrenamiento, y organización.
La problemática que plantea la matanza de París no se agota señalando la responsabilidad norteamericana, u occidental, porque estamos ante una amenaza en sí misma, en especial para los humanistas que creemos en la fraternidad entre los pueblos. Se trata de la dialéctica del embrutecimiento ideológico y cultural que generan este tipo de prácticas, del empobrecimiento y la degradación de la vida social, de la instalación de cuestiones étnico-religiosas donde se debería estar discutiendo mancomunadamente el rumbo inhumano de la globalización.
La dificultad de cierta izquierda latinoamericana para entender este particular tipo de fascismo, es del mismo orden que la miopía que le impide advertir el significado de que en la Carta Fundacional de Hamas aparezcan citas del libelo antisemita -escrito por los servicios secretos zaristas- “Los Protocolos de los Sabios de Sión”. Para una mirada en parte superficial, en parte ignorante, las alusiones grotescamente antijudías serían meras extravagancias, o pintoresquismos, de quienes luchan por la liberación. Tal vez la sangre de los caricaturistas franceses ayude a colocar a estos grupos, ideologías y prácticas en el lugar que deberían ocupar en un genuino análisis de izquierda: en la más indiscutible expresión de la derecha fascista. Si fuese necesario otro elemento para descartar cualquier presunta conexión con una “lucha de liberación”, la toma del supermercado de productos kasher el día posterior es contundente. Allí simplemente se eligió un lugar especialmente apto para cazar y matar judíos, por el sólo hecho de serlo. ¿Qué diferencia hay entre este ataque racista y las bombas incendiarias que arrojan los neo-nazis actuales a los refugios de familias turcas en Alemania, por el sólo hecho de ser turcos? Ninguna praxis emancipadora puede asociarse con semejantes hechos criminales.
¿Qué premio más grande podía conseguir el Frente Nacional de Marine Le Pen, que este brutal ataque perpetrado por ciudadanos franceses de origen árabe? ¿Qué mayor espaldarazo podía lograr el creciente movimiento racista alemán que este acto aberrante? Hasta el boicoteador supremo del proceso de paz entre israelíes y palestinos, Benjamín Netaniahu, se atrevió a tratar de capitalizar la repulsa general para intentar debilitar el creciente apoyo europeo al surgimiento de un Estado palestino…
Los pacifistas de Medio Oriente conocen largamente este fenómeno: la derecha de un lado alimenta y potencia a la derecha del otro. Los belicistas –supuestamente acérrimos enemigos- son verdaderos aliados tácticos, hasta que logran enviar a sus respectivos pueblos a la masacre, en pos de la inalcanzable “victoria final”.
La carnicería de la redacción de Charlie Hebdo es una clara acción de la ultra derecha islámica que favorece a la ultra derecha europea. Negocio perfecto: más racismo, más resentimiento, más reclutas para nuevas masacres. Gran negocio también para la extrema derecha europea: ahora resulta que la falta de porvenir en la región no surge de las políticas implementadas por los personeros del gran capital que gobierna la UE, sino de los turcos, argelinos, marroquíes, paquistaníes y gitanos, que “ensucian” la bella realidad europea.
En el camino queda el retroceso civilizatorio provocado por esta nueva barbarie y los cuerpos de valiosos creativos y periodistas franceses. También la esperanza y el compromiso de mantener vivo y activo el pensamiento crítico, en un mundo corrido cada vez más a la derecha.
Fuente: Nueva Sión

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.