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Cercana a la conmemoración del 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, también debemos recordar que pocos días antes se cumple otro aniversario íntimamente relacionado, pues constituye el soporte "legal" dentro del sistema nazi, con mayor vigor y eficacia, de sus crímenes. Nos referimos a la Conferencia de Wannsee, acaecida hace 73 años, el 20 de enero de 1942, en un edificio de Am Grossen Wannsee 56/58, un suburbio de Berlín. En dicha reunión, se determinaron las medidas para la "solución final" de la cuestión judía en los territorios dominados por los alemanes; es decir, el proyecto para el exterminio de los 11 millones de judíos de Europa.
En el desarrollo de la II Guerra Mundial, la masacre se convirtió en la "solución". El mariscal Hermann Göring ordenó al jefe de las SS, Reinhard Heydrich, "poner en práctica por todos los medios humanos y materiales, la definitiva solución del problema judío".
Al principio, las matanzas las ejecutaron los Einsatzgruppen, bandas a la retaguardia del ejército alemán, a través de fusilamientos masivos. Sin embargo, los resultados no conformaron a los jerarcas nazis, por lo que concibieron un siniestro plan en Wannsee, donde además de Heydrich, participaron 14 delegados. Allí se encontraba un hombre de rango inferior, que luego sería una de las figuras centrales de la tragedia: Adolf Eichmann.
En el acta de la Conferencia de Wannsee se utilizó por primera vez en un documento oficial la expresión "solución final", sin explicar su exacto significado: el aniquilamiento del pueblo judío. La realidad se hizo palpable en los hechos que prosiguieron.
A los anteriores fusilamientos, continuó con celeridad el funcionamiento de una maquinaria de muerte: persecución, captura y deportación de los judíos hacia los campos de exterminio y el fin en las cámaras de gas.
La magnitud de lo trazado en Wannsee trasciende cualquier medición. Pero la crueldad no fue espontánea, surgió del odio fomentado por los prejuicios antisemitas arraigados durante siglos, los cuales cuajaron en la ideología nazi, arrogándose la autoridad, casi divina, de decidir acerca de la superioridad y, por ende, la inferioridad de ciertos pueblos; o sobre el destino de seres humanos. Obsesiones que condujeron al desastre.

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