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Por Beatriz W. De Rittigstein
Poco antes del inicio de esta Semana Santa, leímos un tweet del padre Palmar, que porta reminiscencias de los peores prejuicios antijudíos generados durante la Edad Media y que componen la causa de las innumerables exclusiones, expulsiones, persecuciones y masacres que sufrieron los judíos en Europa, a lo largo de dos mil años.
El padre Palmar escribió: "Lázaro fue asesinado por los judíos para desequilibrar al discipulado y evitar el entusiasmo de seguir a Jesús". El año pasado, también a través de Twitter, evocó la primera de las arbitrariedades contra los judíos, la acusación de pueblo deicida.
Estas calumnias surgieron de ciertas imágenes sobre sucesos históricos que aparecieron en los Evangelios aceptados por la Iglesia a partir del siglo II E.C. Relatan la vida de Jesús, cuyos diversos aspectos se transmitieron con la prédica; no existe una crónica que haya reseñado los hechos en el momento y en el lugar donde ocurrieron. Ninguno de estos libros indica la fecha en que fueron escritos; se piensa que se redactaron después del sitio de Jerusalén (66-70), pues el de San Marcos, al parecer el primero de ellos, hace referencia a ese asunto. Además de las distorsiones debido al transcurrir del tiempo hasta su narración escrita, también están las inexactitudes en las traducciones de los originales en arameo.
El proceso de separación del cristianismo de su religión madre fue gradual; en un principio sólo se registraron discusiones sobre el judaísmo, pero entre más se fue acentuando la diferenciación, vemos mayores y muy graves hostilidades.
A partir del año 313 E.C., cuando el cristianismo se tornó en la religión oficial del imperio romano, la tesis del pueblo judío como deicida se difundió con rapidez; así, el odio a los judíos se convirtió en un dogma inculcado a través del catecismo.
En el siglo XX, el Concilio Vaticano II, mediante la Declaración Nostra Aetate, trató de corregir tan aciago error, se rechazaron las manifestaciones antisemitas y se llamó a mantener un diálogo permanente. El mismo ha avanzado y constituye el pilar de las excelentes relaciones interreligiosas en la actualidad.
Por lo tanto, resulta contradictorio que un cura retome aquella arcaica y dañina acusación. Él mismo debería tener consciencia y responsabilidad por ello.

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