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Por Rabino Iona Blickstein
No soy sobreviviente de la Shoa (Holocausto), nací en la mitad de la Segunda Guerra Mundial, pero recuerdo como hoy el grito de dolor de mi padre, sosteniendo en sus temblorosas manos una carta. Un pariente quien llegó de la Polonia en llamas, a las costas seguras de Eretz Israel, le escribió relatándole la suerte de su madre, sus hermanos y su numerosa familia, quienes fueron llevados en un hacinado tren de la pequeña aldea polaca, a los crematorios en Auschwitz.
Las lágrimas de mi padre, y su expresión de dolor, dejaron una fuerte impresión en mi alma y a pesar de mi corta edad, ese momento no se borró nunca de mi mente, y creo que tuvo mucho que ver en mi trayectoria como servidor del pueblo de Israel.
Recuerdo otro momento que me causó un gran impacto: siendo un adolescente, vino una persona a mi casa, lo conocía de vista, aunque no era amigo de mi padre, los dos nacieron en la misma aldea polaca, sus manos estaban cubiertas de anillos de oro, lo que no era usual en el ambiente que vivíamos, en sus manos tenia unos papeles, entró a la casa y sin preámbulos pidió a mi padre que le firmara unos formularios, para recibir indemnización del Gobierno alemán.
De repente mi padre se levantó y lleno de furia le gritó: no basta con haber fungido como capo y haber hecho subir a toda mi familia a los trenes y robado las pocas pertenencias que tenían ¿también que yo te firme esos sucios papeles? El hombre en persona escapó de la casa y nunca más lo vimos.

Uno de los pensamientos que no me dan descanso es cómo lograron los nazis hacer que judíos se enfrenten contra otros judíos, cómo trabajaban el judenrat y la policía judía quienes agrupaban a los judíos para llevarlos a su exterminio. Cómo hubo judíos que con insignias de capos en sus brazos, golpeaban y martirizaban a sus propios hermanos.
De los escombros, del gran cementerio donde perecieron seis millones de nuestros hermanos, entre ellos un millón y medio de niños, el remanente de Israel volvió a su tierra ancestral, donde ya nadie lo tildaría de judío con toda clase de adjetivos, país donde no se verá escrito en las paredes toda clase de grafitos insultantes, como se veían en las calles de Varsovia y Berlín.
Desde el primer momento los pocos judíos que se salvaron de las garras de Hitler, tomaron las pocas armas que tenía el pequeño David y con un fervor patriótico, y con la determinación de “no más” se enfrentaron al enemigo común y los vencieron y el nuevo Estado salió al camino.
Jóvenes y adultos regulares y reservistas, sin excepción, una y otra vez salieron a enfrentarse contra aquellos que querían y todavía quieren arrasar con Eretz Israel pero el pueblo judío no se dejará, porque los judíos están ya cansados de ser asesinados como aves en el corral.

Los judíos tenemos en una mano el fusil, pero en otra la pala y el arado, el intelecto, el corazón y su fe en D-s, porque queremos construir una Nación Santa. D-s nos creó como pueblo para que seamos “un reinado de sacerdotes y una nación santa”, para que santifiquemos el Nombre de D-s no solo en nuestra vida privada y familiar, sino en la vida colectiva, basada en la moral, la justicia y la santidad.
Estamos en tiempo de la Gueulá, la Redención para el pueblo judío y todo el mundo, debemos tener claro, que la Tierra de Israel es nuestra y no la abandonaremos jamás, debemos estar preparados para sacrificarnos por su soberanía. Nosotros, desde aquí, en los países de la Diáspora debemos añadir fe, reforzar nuestra relación con nuestras fuentes judaicas, con la Torá, con la normativa judía, profundizar la educación de nuestros hijos, y estrechar nuestros lazos solidarios con nuestros hermanos en Israel y en los países, donde se encuentran esparcidos nuestros hermanos.
No debemos olvidar que los que nos une como pueblo es la fe en D-s, en Su Torá y en Sus preceptos, fe en nuestro pueblo, el pueblo de D-s, fe en el Estado de Israel. Con amor a lo nuestro y con esperanza para un futuro mejor lo lograremos y juntos recibiremos al Rey Meshiaj, quien será reconocido por todos los pueblos del mundo, D-s reinará eternamente, entonces HaShem será Uno y su Nombre Uno.

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