Reportaje: Los holocaustos que no ocurrieron

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Los nazis habían preparado para los judíos del norte de África y Eretz Israel el mismo plan por etapas que aplicaron a sus hermanos en Europa: despojarlos de su libertad, su ciudadanía, su propiedad y su dignidad, para finalmente exterminarlos. Tan solo el cambio de rumbo de la guerra evitó que se materializaran estos planes.
Cuando la Alemania nazi conquistó Francia en junio de 1940, los territorios franceses del Magreb (Argelia, Marruecos y Túnez), donde vivían unos 400 mil judíos, se vieron de pronto inmersos en la Segunda Guerra Mundial.
Según los términos del armisticio, Francia quedó dividida en dos partes: el norte, incluyendo París, fue ocupado directamente por los alemanes, mientras que el sur se convirtió en un Estado vasallo gobernado por el mariscal Henri Philippe Pétain, con capital en Vichy.
Las colonias del norte de África fueron asignadas al control del régimen de Vichy. En cuestión de semanas, las grandes comunidades judías del Magreb vieron cómo se les aplicaba el Statut des Juifs, legislación antisemita inspirada en las leyes raciales de Núremberg.
Debe destacarse que aunque los nazis no habían presionado al gobierno de Vichy para que aplicara esas leyes a los judíos de las colonias, el régimen de Pétain instituyó normas antijudías incluso más severas que las que los propios alemanes habían establecido en la Francia ocupada; además, por propia iniciativa, derogó el decreto del primer ministro Crémieux de 1870, que otorgaba la ciudadanía francesa a todos los judíos de Francia y Argelia. El ministro de Asuntos Exteriores de Vichy, Paul Baudoin, declaró en julio de 1940: “La presente evolución ha sido decidida libremente, y no está en absoluto orientada a agradar a nuestros conquistadores”.
En marzo de 1941 se estableció una Oficina de Asuntos Judíos encargada de implementar rigurosamente la legislación antisemita, con el fin de excluir a los judíos de la sociedad y confiscar sus propiedades.
Argelia
En 1940 vivían en Argelia 120 mil judíos, la mayoría muy asimilados a la cultura francesa. La legislación antijudía en esa colonia abarcó incluso a quienes se habían convertido al Cristianismo o el Islam.
Inmediatamente se prohibió a los judíos ejercer cargos públicos; todos los profesores judíos fueron despedidos del sistema educativo oficial, así como los empleados en las finanzas y en los medios de comunicación; se les prohibió ser propietarios de establecimientos comerciales, y se limitó estrictamente el número de quienes podían ser médicos, enfermeras, farmaceutas y abogados.
Argelia fue el único de los territorios franceses donde se creó un “Departamento Especial para el Control del Problema Judío”, que incluso excedió en su celo discriminador las medidas adoptadas por el gobierno de Vichy; por ejemplo, se prohibió a los niños judíos asistir a las escuelas públicas. También se creó una “Oficina de Arianización Económica”, cuya misión era confiscar las industrias, comercios y demás propiedades de los judíos.
Como respuesta a estas medidas, los judíos argelinos organizaron su propio sistema educativo, igual que sucedió en la Europa ocupada por los nazis. Los profesores universitarios judíos despedidos instituyeron, en el otoño de 1941, clases para los estudiantes también expulsados, dictando cursos de Medicina, Física, Química, Francés, Inglés y Latín, entre otros; sin embargo, las autoridades prohibieron esta universidad paralela meses después.
También se creó una red de escuelas judías en las ciudades de Argel, Orán y Constantina, para los niños y adolescentes excluidos del sistema público. La red adoptó el mismo curriculum oficial, incluyendo lecciones de música y educación física cuando ello era posible. Estas escuelas enfatizaban su condición francesa, y la instrucción religiosa no era obligatoria. En total, la red educativa judía abarcó 70 escuelas elementales y cinco secundarias, con un total de 20 mil estudiantes en 1942. Las autoridades, no obstante, establecieron una legislación para controlar rígidamente su funcionamiento, y las dificultades económicas de la comunidad debido a la “arianización” de sus bienes hicieron progresivamente más difícil la operación de estas escuelas.
Una vez que el régimen de Vichy logró marginar a los judíos del resto de la sociedad, el siguiente paso fue crear un “gobierno” comunitario al estilo de los Judenrats de la Europa ocupada, denominado Unión General de los Israelitas de Argelia (UGIA por sus siglas en francés), que sustituiría a todas las instituciones comunitarias preexistentes; el decreto al respecto fue promulgado el 31 de marzo de 1942. El liderazgo comunitario estaba claro en que el único objetivo de la UGIA sería “colaborar” con las autoridades en la eventual concentración y deportación de los judíos.
Unos 2000 judíos argelinos fueron llevados a campos de trabajos forzados y de concentración, sobre todo en Bedeau (cuyos prisioneros eran soldados argelinos judíos) y Djelfa. A muchos se les destinó a la construcción de un ferrocarril transahariano que serviría a las minas de carbón del norte de África para beneficio del Eje nazi-fascista. La vida en estos campos era, al igual que en los de Europa, extremadamente difícil, con terribles condiciones sanitarias y de alimentación, además de tratos crueles y atrocidades. Muchos murieron por golpizas, agotamiento, enfermedades o hambre.
Resulta interesante que, a pesar de todas estas dificultades y humillaciones, los judíos de Argelia mantuvieron su patriotismo hacia Francia, pues suponían que todas las leyes discriminatorias y la persecución eran producto de presiones por parte de los alemanes sobre el régimen de Vichy. Uno de los líderes juveniles de la comunidad lo expresó así: “Somos franceses y lo decimos a viva voz. No hay poder en este mundo que afecte el profundo sentimiento que nos une a nuestro país y su cultura, y hasta su muerte”. Muchos se unieron a los varios movimientos de resistencia creados a partir de 1940, por cierto que casi todos por jóvenes judíos, algunos de los cuales habían sido oficiales del ejército francés.
En octubre de 1942, las fuerzas militares de Estados Unidos contactaron a la resistencia para informar que se disponían a invadir Argelia y Marruecos, solicitando que los apoyaran tomando el control de posiciones estratégicas en Argel, Orán y Casablanca. Únicamente el grupo de Argel tuvo éxito, al organizar una insurrección dirigida por José Abulker, mientras los estadounidenses de­sem­barcaban; entre los 377 miembros de la resistencia que tomaron la capital el 8 de noviembre, 315 eran judíos.
La invasión aliada salvó a la comunidad judía argelina del exterminio; la UGIA, el Judenrat argelino, solo tuvo una existencia efectiva de 40 días. El general Charles de Gaulle tomó el control de Argelia en mayo de 1943, y meses más tarde se restituyó la ciudadanía francesa a los judíos; vergonzosamente, algunos ex miembros de la resistencia acusaron a sus camaradas judíos de “colaboracionistas”. Tan solo en 1947 se restablecieron sus derechos civiles.
Al finalizar la guerra, los judíos argelinos siguieron sufriendo discriminación por parte de grupos derechistas y musulmanes radicales. Durante el conflicto por la independencia del país, en la década de 1950 y principios de la de 1960, varios dirigentes comunitarios fueron asesinados por miembros de ambos bandos (el independentista y el opuesto a la independencia); las urbanizaciones donde se concentraban los judíos sufrieron ataques violentos, y muchas sinagogas y cementerios fueron profanados.
Durante los primeros años de la independencia el gobierno mantuvo una relación respetuosa hacia la comunidad judía, pero con la toma del poder por Houari Boumédienne se hizo evidente una creciente hostilidad con boicots, impuestos exclusivos para los judíos, y finalmente la supresión de sus derechos. Con una sola excepción, todas las sinagogas del país fueron trasformadas en mezquitas. Al iniciarse la Guerra de los Seis Días la situación se volvió insostenible. Para 1970, la gran mayoría de los judíos de Argelia había emigrado a Francia, Israel y otros países.
Marruecos
En 1940, Marruecos estaba dividido en dos: una parte era española, y la otra un protectorado francés. La población judía sumaba cerca de 200 mil, casi todos en la zona francesa. Ya antes del período de Vichy, grupos de extrema derecha y musulmanes radicales llevaban a cabo una intensa campaña de propaganda antisemita inspirada por el nazismo.
Al no constituir una colonia de Francia sino un protectorado, los marroquíes no eran ciudadanos franceses, y por ende las leyes antijudías del régimen de Vichy no se les aplicaron en forma tan rigurosa. Por ejemplo, los judíos convertidos a otras religiones no eran objeto de las leyes raciales. Tal situación motivó que cientos de familias judías de la Francia ocupada emigraran a Marruecos.
Los judíos marroquíes no estaban tan asimilados como los de Argelia, por lo cual no resultaron tan afectados por las cuotas discriminatorias que se establecieron en el sistema educativo oficial; la mayoría de los estudiantes asistían a las escuelas de la Alianza Israelita Universal, y pocos llegaban a la universidad.
Por otra parte, las autoridades de Marruecos fueron más “flexibles” en su aplicación de las medidas discriminatorias. La monarquía les permitió seguir ejerciendo profesiones como Medicina, Derecho o Arquitectura, así como el comercio y la artesanía, aunque se les prohibió el acceso al crédito bancario. El rey Mohamed V recibió en forma cálida a una delegación de la comunidad judía que acudió a solicitarle apoyo en la primavera de 1942; el monarca expresó verbalmente que no permitiría que se hiciera daño a los judíos, aunque esta resultó tan solo una declaración retórica, pues no tuvo más remedio que firmar los decretos discriminatorios que le enviaron desde Vichy.
Sin embargo, los gremios comerciales y manufactureros locales aprovecharon la situación para deshacerse de la competencia de los judíos, expulsando a sus miembros con el fin de apropiarse de sus empresas y despidiendo a los em­plea­dos judíos. Por otra parte, los judíos que vivían en urbanizaciones “europeas” fueron forzados a mudarse de vuelta a los meláh o barrios judíos tradicionales, donde la repentina superpoblación llegó a causar epidemias.
Unos 2100 judíos marroquíes fueron internados en más de 30 campos de detención y de trabajo forzado, estos últimos relacionados con el proyecto del ferrocarril transahariano; en los campos de Berguent, Bou-Arfa y Colomb-Bechar combinados había más de mil prisioneros. En el campo de Djelfa se concentró a los franceses que habían llegado como refugiados. Al igual que en Argelia, muchos de los apresados en estos campos murieron por las espantosas condiciones y malos tratos.
Tras la invasión aliada de noviembre de 1942, no cesó la persecución; la violencia derechista e islámica de preguerra se reanudó, y decenas de judíos eran arbitrariamente detenidos en las calles por la policía, lo que continuó durante varios meses.
La histórica comunidad judía de Marruecos comenzaría a reducirse drásticamente por la violencia desatada al surgir el Estado de Israel, lo que se repitió tras la Guerra de los Seis Días en 1967. La mayoría de sus miembros emigró a Israel, Francia, Canadá y Latinoamérica, incluyendo Venezuela.
Túnez
La comunidad judía de Túnez contaba con 85 mil integrantes. Este fue el único territorio francés del norte de África que fue ocupado brevemente por los alemanes.
Los funcionarios franceses y musulmanes de Túnez no sentían tanta animadversión hacia los judíos. El gobernador francés, Jean-Pierre Estéva, retrasó la aplicación del Statut des Juifs y la legislación que lo acompañaba, e incluso la criticó, afirmando que no iba en el interés de Francia ni de Túnez además de ser inmoral. Más sorprendente aún, Estéva visitó la antigua sinagoga de Djerba en mayo de 1941, e hizo donaciones a los judíos pobres en víspera de Pésaj. El gobernante local Ahmed Pasha Bey y su sucesor, Moncef Bey, también simpatizaban con los judíos; Moncef Bey llegó a otorgar la mayor condecoración tunecina, la Nishan Iftijar, a unos 20 médicos y hombres de negocios judíos, mientras en los países vecinos sus correligionarios eran sometidos a persecución.
Cuando Estéva se vio obligado a aprobar las leyes antisemitas, lo hizo lentamente y en forma parcial; se permitió que los médicos y abogados judíos ejercieran sus profesiones dentro de su comunidad, que continuaran publicándose los periódicos judíos, e incluso que los judíos pudieran ser electos a algunos cargos.
En Túnez vivían unos 5000 judíos de nacionalidad italiana, cuyos antepasados emigraron allí desde Livorno en el siglo XVII; esta kehilá seguía apoyando a Italia a pesar del régimen fascista. El gobierno de Mussolini intervino para que no se les discriminara, y de hecho el embajador italiano solicitó a Berlín que no “arianizaran” sus propiedades ni se les aplicaran las leyes de Vichy, aduciendo que Francia buscaba perjudicar los intereses italianos en Túnez. Los alemanes aceptaron a regañadientes, lo que junto a la actitud de Estéva benefició a todos los judíos tunecinos.
Un cambio inesperado se produjo en noviembre de 1942 cuando, a raíz de la invasión aliada de Argelia y Marruecos, los alemanes e italianos invadieron Túnez para frenar el avance aliado. Dos semanas después los nazis arrestaron a los dirigentes de la comunidad judía, y ordenaron que 4000 judíos realizaran trabajos forzados en las zonas de guerra al norte del país. Los alemanes crearon un Judenrat denominado “Comité de Reclutamiento de Mano de Obra Judía”; el oficial de las SS a cargo de las persecuciones era Walther Rauff, uno de los artífices de los “camiones de gaseo”, cámaras de gas rodantes que se habían utilizado en Europa para asesinar judíos, personas con discapacidad, comunistas y otros “indeseables” antes de que se establecieran los campos de exterminio. Numerosos judíos fueron atacados en las calles de Túnez, secuestrados y llevados a centros de deportación.
En total, casi 5000 judíos fueron recluidos en 32 campos de trabajo; los más grandes eran los de Bizerta y Mateur, donde perdieron la vida muchos prisioneros, una parte considerable de ellos por los bombardeos aliados. Veinte activistas judíos fueron deportados a campos de concentración en Europa; todos murieron.
Durante los seis meses de la ocupación alemana se confiscaron muchas propiedades y viviendas judías, y se aplicaron “multas” a las comunidades por “formar parte de la conspiración judía internacional responsable de los ataques anglo-americanos contra Noráfrica”.
Los aliados capturaron Túnez en mayo de 1943. No obstante, al regresar los franceses, decenas de judíos que tenían pasaporte italiano fueron encarcelados durante varias semanas como “colaboracionistas”.
Como se ve con demasiada frecuencia, si los judíos se salvan de un bando son perseguidos por el otro.
Eretz Israel: el botín mayor
Un tema del que se habla poco es el plan que los nazis tenían preparado para Palestina.
A principios de 1942, cuando las tropas alemanas de Rommel avanzaban por el norte de África hacia Egipto, los nazis estacionaron una unidad SS en Atenas (Grecia ocupada), cuya finalidad era invadir Palestina una vez que el ejército alemán conquistara ese territorio, y masacrar a sus 500 mil judíos. Esa unidad operaría como los Einsatzgruppen, “escuadrones de acción” que asesinaron a cerca de un millón de judíos en la Unión Soviética; igual que había sucedido en los países bálticos, en Ucrania y en Bielorrusia, los alemanes esperaban contar con el apoyo entusiasta de la población no judía local, en este caso los árabes.
El plan, con todos sus detalles, fue revelado en 2006 en el libro Germans, Jews, Genocide: The Holocaust as history and the present, por Klaus-Michael Mallman y Martin Cüppers, historiadores de la Universidad de Stuttgart que investigaron durante tres años en los archivos alemanes de la época de la guerra, incluyendo algunos anteriormente clasificados del Ministerio de Relaciones Exteriores en Berlín.
Según Mallman y Cüppers, los nazis contaban con el apoyo de varios líderes árabes, sobre todo el mufti de Jerusalén, Haj Amin al-Husseini, quien se había reunido varias veces con el “arquitecto del Holocausto” Adolf Eichmann, para delinear los detalles de la masacre (1). El comandante Walther Rauff, ya mencionado, sería el líder de los Einsatzgruppen en Eretz Israel.
La victoria del Octavo Ejército británico contra las fuerzas de Rommel en El Alamein, en la cual jugaron un valioso papel los suministros enviados por el yi­shuv de Palestina (2), salvó a los judíos de Eretz Israel de la aniquilación.
Trágicamente, en Europa la industria de la muerte avanzaba sin contratiempos, y así continuó hasta el final de la guerra.
(1) Ver “Islamismo y fascismo: historia de una relación simbiótica” en la edición 1959 de NMI en www.nmidigital.com.
(2) Ver “El aliado olvidado: una obra extraordinaria, relegada también al olvido” en la edición 1940 de NMI en www.nmidigital.com.
Una meguilá contemporánea
Prosper Hassine, profesor y escriba de Casablanca, Marruecos, escribió en hebreo un relato de los acontecimientos del Holocausto al estilo de la Meguilat Esther, incluyendo una narración de lo ocurrido a los judíos del Magreb hasta su liberación por los aliados. El nombre que dio a su narración fue Meguilat Hitler.
Esta curiosa meguilá se asemeja a la de Purim, pues destaca que, al igual que en la antigua Persia, nuevamente los judíos se salvaron tras estar al borde de la aniquilación. Sin embargo, en el prefacio Hassine añadió que no se trataba de una historia con final feliz, al recordar la inmensidad de la catástrofe ocurrida con los judíos de Europa.
La imagen muestra un ejemplar de la Meguilat Hitler enrollada junto a una Meguilat Esther, perteneciente a la familia judía Corcos, que en 1939 había emigrado de Italia a Casablanca escapando de las leyes raciales impuestas por Mussolini. Tras la guerra los Corcos hicieron aliá, y recientemente donaron la doble Meguilá a Yad Vashem.
Con información de Yad Vashem, Jerusalén
El plan nazi para subvertir Palestina
El régimen nazi planeó propagar la subversión en Palestina en el trascurso de la Segunda Guerra Mundial, cuando ese territorio estaba administrado por Reino Unido, según archivos secretos dados a conocer por los servicios de espionaje británicos y citados por la BBC.
En este complot, que finalmente fracasó, se contaba con la colaboración de Haj Amin al-Husseini, Gran Mufti de Jerusalén exiliado en Berlín, así como con la aprobación del jefe de los servicios de seguridad de Hitler, Heinrich Himmler.
Palestina, en 1944, era un mandato en conflicto, y las autoridades británicas trataban de mantener el orden entre las comunidades árabes y judías enfrentadas.
Los alemanes, por su parte, tenían planeado armar a los palestinos para incitarles a alzarse contra los judíos, para lo cual en 1944 se formó un comando compuesto por dos oficiales nazis y tres árabes.
Su líder, el coronel Kurt Wieland, quien sabía hablar árabe, se había reunido en varias ocasiones con el mufti, y desarrollaron juntos un plan para lanzar un comando en paracaídas sobre territorio palestino, establecer una base, crear un servicio de espionaje para enviar la información a Berlín, y reclutar y armar a los palestinos con el oro nazi.
La explicación del fracaso de dicha operación aparece documentada en las trascripciones de los interrogatorios efectuados al coronel Wieland y dos de sus hombres, que fueron capturados por los oficiales del MI5 (servicios de espionaje británicos de la época). El plan tuvo que retrasarse ya que, antes de que el comando emprendiese el vuelo, los seguidores del mufti estropearon los detallados planes de Wieland, cambiando su equipamiento sin consultarle y obligándole a suspender el primer viaje.
Después, cuando lograron salir, en octubre de 1944, el piloto se perdió y los paracaidistas, que tenían previsto descender al norte de Jericó, lo hicieron en el sur, desperdigados y sin sus equipos de radio.
El coronel Wieland y sus dos compañeros se refugiaron en un pueblo árabe, en una cueva y en un monasterio ruinoso, no recibieron apoyo de los rebeldes árabes y fueron capturados una semana después. Los otros hombres nunca fueron encontrados.
Por Sami Rozenbaum

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