Acerca de los 50 años del documento Nostra Aetate

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Nostra Aetate, inicial evolución
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Conflicto religioso instigado
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Palabras del rabino principal de la Asociación Israelita de Venezuela (AIV), Isaac Cohen, en el acto conmemorativo de 50 Aniversario de la Declaración Nostra Aetate, realizado el pasado 14 de octubre en la sede de la Fraternidad Hebrea Bnai Brith de Venezuela.
Discurso del Rabino Isaac Cohen:
“Nada se aprende a través del odio. Sólo es posible hacerlo a través del amor. Para eso es necesario dejar a un lado el miedo. Pues el miedo y el odio son sentimientos que de manera nefasta se entremezclan, y se potencian uno al otro. Tenemos miedo de lo que no conocemos. Por eso es más fácil derribar muros que construirlos. Abrir puertas que colocar candados y rejas. Es necesario vencer el miedo, tender la mano al desconocido, y de esa forma hacerlo nuestro amigo. Decía Juan XXIII (por algo fue conocido como “el Papa Bueno”): "Nunca vaciles en tender la mano; nunca titubees en aceptar la mano que otro te tiende". No podemos olvidar que fue Juan XXIII quien inauguró el Concilio Vaticano II (el 11 de Octubre de 1962), meses antes de su fallecimiento. Siempre demostró una gran sensibilidad hacia aquellos que sufren y son perseguidos. Tuvo gestos y palabras muy significativos hacia el pueblo judío que pocos años atrás había padecido los horrores del Holocausto (“Shoá”, como nosotros los judíos acostumbramos a llamarlo). Sus palabras se convirtieron de ese modo en un testimonio más de los inenarrables y monstruosos  acontecimientos acaecidos en la Europa de aquellos años que fue sacudida, de un extremo a otro, por las enfermedades de la intolerancia cruel y del nacionalismo fanático. Su sucesor, Paulo VI, fue un digno continuador del pensamiento y de la obra de Juan XXIII. El célebre documento “NOSTRA AETATE” (que se traduce como “Nuestro Tiempo”, o bien “Nuestra Época”) es el motivo por el cual hoy nos encontramos aquí reunidos 50 años después de su difusión (el 28 de Octubre de 1965). Mucho agradezco la invitación que se me ha hecho para estar presente ante tan distinguida concurrencia. Para mí, “NOSTRA AETATE”, es uno de los documentos más importantes de la historia de la humanidad. Se quedan cortos quienes afirman que cambió el rostro de la Iglesia Católica.  A mi modo de ver, cambió el rostro del mundo entero e hizo de nuestro mundo un mejor lugar, o al menos un lugar más amable, en el cual vivir. Paulo VI es muy enfático al condenar todo tipo de persecución y en aseverar que la Iglesia Católica jamás, y de ninguna manera, puede alentar, promover o avalar actos de esta naturaleza. Que Dios nos conceda, digo yo, el mérito de estar entre los perseguidos y jamás entre los perseguidores. El concilio vaticano II inició su memorable documento con una verdad simple y clara, y que tal vez por eso mismo se nos haga tan difícil aceptar: “Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra”. Más allá de nacionalidad, idioma y cultura – e incluso más allá de la religión, me atrevo a decir – está la realidad del ser humano. Y no dije “más allá de la raza” porque considero que esa es una palabra que ni siquiera debería figurar en el diccionario. Actualmente el mundo, por mérito de Abraham – padre de todos los hombres amantes de la bondad, de la verdad y de la justicia –, es esencialmente monoteísta. Pero, ¿qué es ser monoteísta? Cualquiera podría responder “Creer en un solo Dios”, sin embargo un solo Dios, también y necesariamente, implica un sólo ser humano. Una misma e idéntica forma de sentir, de anhelar y de padecer. En eso precisamente radica la esencia del monoteísmo, todos somos una única y singular persona. Lo que a ti te duele, me duele a mí de la misma manera. Pregunta el Talmud de Babilonia (Tratado de Sanedrín 38). “¿Por qué Dios creó sólo a una pareja, Adán y Eva, y no a muchas?” La respuesta es simple: “Para que nadie piense que es superior a su prójimo, y no se le ocurra decir jamás: ‘mi linaje es más ilustre que el tuyo”. Decía también Juan XXIII (y de manera muy sabia): “No consulte a su temor, sino a sus esperanzas y a sus sueños". El temor siempre da malos consejos. Se narra que había una vez un lobo muy feroz, que había atacado ya a muchas personas, y que aterrorizaba a todo un pueblo. Francisco de Asís [1182 – 1226] (mejor conocido como “San Francisco de Asís”), sin temor alguno, se acercó al lobo, y con sus palabras y sus gestos lo apaciguó. Eliminó el odio de su corazón. Cuentan que el lobo vivió muchos años, y hasta el final de sus días jugaba mansamente con los niños en la plaza del pueblo. El amor traspasa cualquier barrera, pues el amor no es otra cosa que la presencia de Dios en el mundo. Pienso que Juan XXIII, y Paulo VI con su célebre documento “NOSTRA AETATE”.
Así como Juan Pablo II y actual Papa Francisco, son representantes de aquella Iglesia Católica de semblante resplandeciente y mirada bondadosa que fue capaz de dar cabida a figuras tan insignes como la de Francisco de Asís. Dios condenó a la malvada generación del Diluvio, en cambio y simplemente confundió y dispersó a la también malvada generación de la torre de Babel. ¿Por qué la diferencia? Explican los sabios (en Bereshit Rabá 38:6) que en la generación de la torre de Babel, a diferencia de la generación del Diluvio, había unión y colaboración entre los hombres. Qué cosa esta tan importante. Dice la Torá (el Pentateuco) en Levítico (19:18): “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La cuestión está en definir la palabra “prójimo”. El sagrado texto nos lo aclara de manera admirable un poco más adelante. En 19:34 dice que al extranjero, al extraño (en hebreo “Guer”) “lo amarás como a ti mismo”. Lo que nos enseña que “prójimo” no es sencillamente aquella persona cercana a mí y que es igual a mí. Prójimo es también, y especialmente y sobre todo, aquel ser humano que por un motivo u otro es diferente a mí. La cigüeña (en hebreo “Jasidá”, nombre que deriva de la palabra Jésed que significa “bondad”) es un ave, explican los sabios (en Tratado de Julín 63), muy caritativa y solidaria pero solamente con sus allegados, con los de su propia especie o condición. Por este motivo Dios no colocó a la cigüeña entre los animales puros. La pureza radica en el amor – en el amor verdadero – que no se sustenta en motivos o intereses, y que es capaz de abarcar y cobijar a todos los seres creados por Dios.
Mucho les agradezco su atención y su paciencia, y termino mi intervención con un Shalóm, desde lo más profundo de mi corazón, y ruego a Dios que llegue por igual a propios y a extraños, a quienes son mis amigos y a quienes no lo son, y a quienes conozco y a quienes nunca tendré la oportunidad de conocer. Gracias.
Valga esta ocasión, que está motivada por un noble objetivo, para elevar nuestra plegaria al Todopodoroso y pedirle conceda la paz a Israel, en estos duros momentos cuando el odio, insensato y cruel, amenaza a sus ciudadanos a través de aquello que hemos de combatir: el temor”.

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