Nuncio: Iglesia Católica en diálogo con las religiones

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Discurso del Nuncio Apostólico de Venezuela, Señor Aldo Giordano, en la conmemoración del 50 Aniversario de la Declaración Conciliar “Nostra Aetate”, evento realizado el pasado 14 de octubre en las instalaciones de la Fraternidad Hebrea Bnai Brith de Venezuela.
Sus palabras:
“Agradezco de corazón a la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela y a la Fraternidad Hebrea B’nai B’rith de Venezuela por haber organizado este encuentro, con motivo de celebrarse el cincuenta (50°) Aniversario de la Declaración Conciliar “Nostra Aetate”. Saludo a todos los presentes y especialmente a nuestro moderador, el Dr. Abraham Levy Benshimol.
Quiero comunicarles a todos ustedes el agradecimiento y la bendición del Papa Francisco, a quien represento en este hermoso país y ante el pueblo de Venezuela.
Un nuevo camino.
El 28 de octubre de 1965 en la basílica de San Pedro, en Roma, transformada desde hacía cuatro años en el Aula del Concilio Vaticano II, entre los documentos aprobados y promulgados había una Declaración, muy breve (4 páginas), pero muy significativa, sobre “Las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas”, conocida comúnmente por las palabras iniciales: Nostra Aetate ("En nuestra época"). La votación del breve texto recogía la casi total unanimidad, con 2221 votos a favor y 88 en contra. Pocas semanas más tarde, el 8 de diciembre, el Papa Pablo VI la confirmaba solemnemente, a la clausura del Concilio, con todos los demás documentos.
En realidad, el iter del breve documento no fue sencillo como podría dejar entrever el consenso final casi unánime. Inicialmente se pensó en una declaración que tocase las relaciones de la Iglesia con el hebraísmo. Este proyecto inicial provocó, especialmente fuera del Concilio, unas encendidas polémicas, que causaron, en junio del 1962, la exclusión del esquema “sobre los hebreos”, de la agenda del Concilio. Pero el Papa Juan XXIII, que el 13 de junio de 1960 cuando se reunió con el historiador hebreo, de nacionalidad francesa, Jules Isaac, quedó muy impresionado de las observaciones que le hizo el historiador sobre la “enseñanza del desprecio” de los hebreos en la Iglesia, y el Papa, con una nota autógrafa dirigida al Cardenal Bea, el 13 de diciembre del 1962, lo animaba a perseverar en el trabajo que se había iniciado. Cuando la discusión, finalmente, se llevó a cabo, algunos obispos del Medio Oriente estaban preocupados porque el borrador del documento sólo hablaba sobre la relación entre los católicos y los judíos, y que esto no incluía el diálogo con los líderes cívicos y religiosos musulmanes en la región. El documento se modificó para incluir el islam, el budismo, el hinduismo y otras convicciones.
Enorme fue la satisfacción, al final del Concilio, al ver que, después de dos mil años la Iglesia enfrentaba con serenidad la cuestión de las relaciones religiosas con los creyentes de otros cultos religiosos y, en particular, con los hebreos, depués de tantas incomprensiones y persecusiones del pasado.
Responsable principal de la redacción de este texto fue el Secretariado para la Unidad de los Cristianos, bajo la sabia guía del cardinal Agustín Bea, una de las personalidades más activas en la colaboración del "aggiornamento" auspiciado por el Papa Juan XXIII en la Iglesia Católica. El mismo Bea quiso explicar el documento con estas palabras: "El bimilenario problema, viejo como el mismo cristianismo, de las relaciones de la Iglesia con el pueblo hebreo, se ha hecho más agudo, y ha logrado la atención del Concilio Ecuménico Vaticano II, sobretodo, por el terrible exterminio de millones de hebreos por parte del régimen nazista en Alemania. Después de una larga prepación y laboriosas discusiones, nació la Declaración Nostra Aetate, que desde diversos puntos ha sido llamada la piedra fundamental de las relaciones de la Iglesia con el pueblo hebreo. Ha sido la primera vez que un Concilio Ecuménico se ocupó de un modo explícito del problema. En lugar de limitarse a publicar un decreto puramente práctico o a una simple condena del antisemitismo, el Concilio enmarcó el problema en el cuadro más amplio de las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, en general, sobre profundas bases bíblicas" (A. Bea, La Chiesa e il popolo ebraico, 1968, p.7).
La Declaración Nostra Aetate, que enseña a estimar el gran y común patrimonio espiritual de hebreos y cristianos, es un paso teológico decisivo, superando, de golpe, siglos de polémicas.
El domingo 14 de enero de 1996, el Papa San Juan Pablo II afirmaba: “La declaración Nostra Aetate es el documento más breve del concilio Vaticano II. Sin embargo, son evidentes su importancia y su novedad, pues ha trazado el camino de la relación entre los cristianos y los seguidores de las demás religiones, mediante la estima recíproca, el diálogo y la colaboración para el bien auténtico del hombre. Lamentablemente, la historia ha conocido páginas oscuras de hostilidad en nombre de las convicciones religiosas”.
La nueva página que se quiera escribir es la de: 1. estima recíproca; 2. diálogo; 3. colaboración por el bien de la humanidad.
La fraternidad humana y las religiones.
La Declaración Nostra Aetate inicia con una constatación: “En nuestra época … el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos”. En este contexto es urgente reafirmar el fundamento sólido de la fraternidad humana: "Todos los pueblos forman una única comunidad y tiene un mismo origen (…); tienen también un único fin último, Dios, cuya providencia, testimonio de bondad y designios de salvación, se extiende a todos" (n. 1).
Para contribuir a la fraternidad, es preciso que los hombres de todos los credos aprendan a conocerse, a estimarse y a colaborar, para construir juntos, según el designio de Dios, la paz.
En particular, las religiones deben colaborar para responder a las preguntas más esenciales de la existencia humana: “Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?” (n.1)
Los pueblos y las culturas están llamadas hoy a econtrarse y a dialogar. La Iglesia es consciente de que la dimensión religiosa es constitutiva en las culturas y en la vida de los pueblos. Entonces, el diálogo entre pueblos y cultura exige la estima y el diálogo entre las religiones. La Declaración conciliar, a nombre de la Iglesia Católica, reconoce las riquezas espirituales del hinduismo, del budismo, del islamismo y de las religiones tradicionales: "La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que… no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres" (n. 2)…
Si consideramos el desarrollo demográfico y geopolítico del mundo, cada vez más nos damos cuenta que el futuro de la humanidad está ligado al encuentro (o al desencuentro) entre el cristianismo y las grandes culturas y religiones de Asia, como el Induismo y el Budismo. En Asia vive la mayor parte de la población de la tierra.
Otro gran capítulo de la historia de nuestros días es, precisamente las relaciones entre cristianos i musulmanes. Afirma la Nostra Aetate: “La Iglesia mira … con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres… Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por tanto, aprecian la vida moral, y honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno. Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres”.
Hablando en Washington, el 19 de mayo de 2015, sobre las relaciones entre los católicos y los musulmanes, el cardenal Tauran, Presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, afirmó que: “La mayoría de los problemas que enfrentamos son los problemas de la ignorancia”. “A pesar de los 50 años de la ”Nostra Aetate”, todavía los cristianos y los musulmanes no se conocen entre sí bastante bien”. Para los cristianos,
comenzar a dialogar con los musulmanes, dijo el cardenal Tauran, es importantísimo y tienen que entender que el Islam es a la vez una religión, un sistema político y una civilización. “Es una realidad muy compleja”.
Mientras el cardenal Tauran y el filósofo iraní Hossein Nasr participaron en una sesión de preguntas y respuestas después de sus declaraciones, fue una pregunta que no recibió respuesta, la que atrajo la mayor atención. Una mujer musulmana relataba que vivía en los Estados Unidos desde hace 30 años y preguntó que cuándo el diálogo cristiano-musulmán iba a pasar del círculo selecto de “cardenales, imames, obispos y clero”, para llegar al nivel “del pueblo”. Nasr y el cardenal Tauran se quedaron en silencio, el público respondió a su pregunta con un aplauso.
Todavía, el Cardenal Tauran, afirmó en Buenos Aires, el pasado 18 settembre 2015: "Tratemos de trabajar juntos para construir puentes de paz y para promover la reconciliación, sobre todo, en las zonas en las cuales musulmanes y cristianos sufren, en común, los horrores de la guerra". Porque el objetivo primario es "demostrar que las religiones no son la causa de los conflictos, sino que son parte de su solución. El cardenal ha evidenciado "los dos puntos cardinales" que deben guiar el diálogo entre las religiones: "el mutuo respeto y la amistad solidaria". Los creyentes de cada religión, ha dicho, están llamados a "trabajar juntos por la justicia, la paz y el respeto de los derechos y la dignidad de cada persona", sintiéndose "particularmente responsables de las necesidad de los más débiles: los pobres, los enfermos, los huérfanos, los emigrantes, las víctimas de esclavitudes de personas y de todos aquellos que padecen cualquier forma de dependencia". “Si es verdad que la "vida es un camino", es también verdad que se trata de un "camino que no se transcurre en soledad". Juntos, entonces se debe trabajar para enfrentar los grandes retos como las amenazas al medioambiente, la crisis global de la economía, la desocupación, las familias forzosamente divididas y contribuir a cancelar las causas de la violencia entre los creyentes. La cooperación interreligiosa, en efecto, en el mundo contemporáneo "no se puede considerar más como una opción facultativa, sino como una necesidad… Ser personas religiosas hoy, sólo es posible siendo interreligiosos".
3. El “sì” definitivo a las raíces hebreas del cristianismo
Como ya es sabido, la Declaración Nuestra Aetate dedica una atención especial a los hermanos judíos, con los cuales el cristianismo tiene una relación particularmente íntima.
El 1 de julio pasado, el Papa Francisco conmemoró los cincuenta años de la "Nostra Aetate" y escribió un mensaje al International Council of Christians and Jews: “Un verdadero diálogo fraterno se ha podido desarrollar a partir del Concilio Vaticano II, después de la promulgación de la Declaración Nostra aetate. Este documento representa en efecto, el “sì” definitivo a las raíces hebreas del cristianismo y el “no” irrevocable al antisemitismo… Confesamos, aún desde perspectivas diversas, al mismo Dios, Creador del universo y Señor de la Historia. Y Él, con su infinita bondad y sabiduría bendice siempre nuestro compromiso en el diálogo… los cristianos, todos los cristianos tenemos raíces hebreas”.
El 26 de octubre de 2005, el Papa Benedicto XVI, en la ocasión de celebrar el 40° aniversario de la Declaración Nostra Aetate escribe: “Han pasado cuarenta años desde que mi predecesor el Papa Pablo VI promulgó la declaración Nostra aetate del concilio Vaticano II sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, que inauguró una nueva era en las relaciones con el pueblo judío y constituyó la base para un sincero diálogo teológico. Este aniversario nos brinda muchos motivos para expresar nuestra gratitud a Dios todopoderoso por el testimonio de todos los que, a pesar de una historia compleja y a menudo dolorosa, y especialmente después de la trágica experiencia de la Shoah, inspirada por una ideología racista neopagana, han trabajado valientemente para promover la reconciliación y una mayor comprensión entre cristianos y judíos… El diálogo entre judíos y cristianos debe seguir enriqueciendo y profundizando los vínculos de amistad que se han desarrollado, mientras que la predicación y la catequesis deben esforzarse por asegurar que nuestras relaciones mutuas se presenten a la luz de los principios enunciados por el Concilio. Con vistas al futuro, albergo la esperanza de que tanto en el diálogo teológico como en los contactos diarios y en la colaboración, los cristianos y los judíos den un testimonio común cada vez más convincente del único Dios y de sus mandamientos, de la santidad de vida, de la promoción de la dignidad humana, de los derechos de la familia y de la necesidad de construir un mundo de justicia, de reconciliación y de paz para las futuras generaciones.”
San Juan Pablo II, el 14 de enero de 1996, cita Nuestra Aetate “En efecto, la fe cristiana tiene sus orígenes en la experiencia religiosa del pueblo judío, del cual procede Cristo según la carne. La Iglesia, compartiendo con los judíos la parte de la Escritura que lleva por nombre Antiguo Testamento, sigue viviendo de ese mismo patrimonio de verdad, releyéndolo a la luz de Cristo. La inauguración de los tiempos nuevos, que Cristo realizó con la nueva y eterna alianza, no destruye su raíz antigua, sino que la abre a una fecundidad universal. Teniendo esto en cuenta, no puede menos de suscitar gran dolor el recuerdo de las tensiones que tantas veces han marcado las relaciones entre cristianos y judíos. Por tanto, también hoy hacemos nuestra la voz del Concilio, que deploró con firmeza "los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona" (Nostra aetate, 4)”.
No es posible quedarse en las palabras, en los encuentros, en los congresos, porque el patrimonio espiritual común a los hebreos y a los católicos es tan grande que no se puede expresar sólo con palabras bien formuladas, sino que debe madurar en acciones prácticas. El cardenal Kurt Koch, Presidente de la Comisión para las relaciones religiosas con el pueblo hebreo, recordó, recientemente, una reunión en la ciudad de Buenos Aires, en el 2004, entre cristianos y hebreos, con la participación del entonces Cardenal Bergoglio, y cuyo el tema central era el de la justicia y las actividades socio-caritativas: "No nos limitamos a hablar. Hemos sido capaces, dice el cardenal Koch, de recoger
fondos de organizaciones internacionales que se han puesto a disposición de la Caritas para proyectos de ayuda a los pobres y a los necesitados".
El Papa Francesco, en particular cree en las relaciones personales como aquella con el Rabino di Buenos Aires Abraham Skorka, su amigo personal desde hace muchos años. Amistad y colaboración que han generado un ciclo de encuentros y conversaciones sobre temas diversos y que se presentaron en un libro con el título “Sobre el cielo y la tierra”, publicado en el 2012.
El Dia-logos
Me permito concluir con una breve reflexión sobre qué pienso yo del diálogo. Lo hago considerando la página del Evangelio de Lucas 24, que nos relata el acontecimiento de los dos discípulos de Emaús. Me parece que sea un texto extraordinario para decirnos en qué consiste el diálogo, cuál es la visión cristiana del diálogo. Los dos discípulos experimentan un diálogo que los hace cambiar radicalmente de camino: primero se están alejando de Jerusalén y después retornan a Jerusalén. Al inicio del diálogo están tristes, desilusionados y hablan de la muerte, al final del diálogo tienen el corazón que les arde y están llenos de gozo. Al inicio del camino van incrédulos, sin esperanza, y gracias al diálogo vuelven a ser creyentes y anunciadores de la gran noticia de la Resurrección. ¿Qué les ha sucedido durante este camino? Hacia Emaús caminan dos personas decepcionadas. Su grave signo de interrogación es sobre la muerte: Han crucificado a Jesús, ha terminado todo, mientras ellos esperaban tanto. Su rostro está triste y no tienen perspectivas para superar su angustia. Habían creído, habían esperado, pero ahora están “desesperados”. De todos modos, lo positivo es que todavía caminan juntos y conversan al mismo tiempo. Jamás renuncian, a pesar de todo, a reanudar el camino, juntos y a conversar.
Repentinamente sucede una novedad. Un tercer peregrino se acerca, comienza a caminar con ellos e inicia el diálogo con ellos. Sobre todo, les pregunta de qué cosa estaban hablando. Ellos le responden que estaban hablando de Jesús, el gran profeta, pero que ha sido condenado a muerte y crucificado. A este punto, Jesús los define como tontos y duros de corazón, porque no han entendido nada de las Escrituras y del mensaje de los Profetas, y comienza Él a explicarles las Escrituras. Es este tercer personaje el que les hace comprender la palabra de Dios. La expresión griega “diermeneusen” significa: El hizo la hermenéutica, hizo la interpretación.
Es este tercer personaje que también les invita a su banquete cuando ya se hace tarde. Descubren que se trata de la Eucaristía y que el tercer personaje, el peregrino que había caminado con ellos era ¡el mismo Resucitado! Los dos retornarán a la comunidad a contar todo lo acontecido y se redescubrirá la comunidad de la Iglesia.
Entre los dos discípulos que iban camino de Emaús ha habido un verdadero diálogo. En la palabra griega dia-logos, “dia“, indica distinción, diferencia, separación: la distinción es necesaria para un verdadero diálogo, no debemos tener miedo de las diferencias que existen entre nosotros y en todos los niveles. Pero en el dia-logos, las diferencias no se convierten en temor y conflicto: la relación entre ellos se convierte en el espacio donde ocurre el “logos”. La palabra logos quiere decir, sobre todo, “razón”, “discurso”. En el dia-logos entre los dos, se establece un discurso nuevo que primero no existía. Podemos traducir la palabra logos también como “relación”: en el diálogo se crea una relación que antes no existía. Pero la palabra Logos tiene un sentido todavía más profundo. En el prólogo del Evangelio de San Juan podemos leer: En el principio existía el Logos (la Palabra) y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe… Y el Logos se hizo carne…. Entonces, el sentido más profundo del concepto Logos es el Hijo mismo de Dios que se ha hecho carne. El logos es el Resucitado que "permanece" y camina entre nosotros. El "dia" la distancia entre los dos discípulos de Emaús, ha sido el lugar donde el Logos, Dios ha hablado. Ellos han vivido una experiencia de verdad y esta verdad ha coincidido con el amor. ¡Esto será también aquello que ellos contarán!
Quien realiza el diálogo es Dios mismo, si lo dejamos caminar y vivir entre nosotros. El verdadero diálogo se realiza cuando entre dos personas que hablan, existe la presencia de Dios. Y para Dios todo es posible. Dios es más fuerte que cualquier engaño, que cualquier manipulación, que cualquier ideología, que cualquier poder…
Quizás, ahora queda un poco más clara la contribución que un Nuncio Apostólico puede dar para el diálogo en nuestro querido país Venezuela. Tiene la responsabilidad de buscar en el diálogo la novedad de la presencia de Dios. Si hay Dios, será Dios quien hable en el corazón y realice los milagros que quiere. Esta es una gran tarea que se puede realizar solo gracias a la fe, a la comunión y a la oración incesante de muchas personas. Gracias a todos ustedes por su fe, por su comunión, por su oración, por su trabajo por la paz”.

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