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Por Jeff Jacoby
En 2012 la Administración Obama demandó que el Gobierno israelí interrumpa el plan de desarrollo de viviendas planeado cerca del barrio Sheik Jarrah en Jerusalén. El proyecto, un complejo de veinte departamentos, es indiscutiblemente legal. La propiedad a ser desarrollada —un extinto hotel— fue comprada en 1985 y el promotor inmobiliario obtuvo todos los permisos municipales necesarios.
¿Por qué, entonces, la Administración quiere matar el desarrollo? Porque Sheik Jarrah está en una sección, en gran parte, árabe de Jerusalén. Seis meses después de que Barack Obama se convirtiera en el primer negro en mudarse a la, previamente siempre blanca, instalación residencial de Avenida Pennsylvania 1600 en Washington, lucha por impedir la integración en Jerusalén.
Es imposible imaginar el escenario opuesto: la Administración nunca demandaría que Israel impida a los árabes mudarse a un barrio judío. Y el Departamento de Justicia de Obama echaría los siete infiernos sobre cualquiera que tratara de imponer líneas rojas de separación raciales, étnicas o religiosas en una ciudad estadounidense. En el siglo XXI, la segregación es impensable, excepto, parece, cuando se trata de viviendas para judíos en Jerusalén.
No es fácil para el Gobierno de Israel rechazar una demanda de Estados Unidos, que es el más importante aliado del Estado judío. En su honor, los líderes israelíes le dijeron la verdad al poder, y dijeron no. “Los residentes de Jerusalén pueden comprar departamentos en cualquier lugar de la ciudad”, dijo el primer ministro Benjamín Netanyahu. “Ésta ha sido la política de todos los gobiernos de Israel. No existe prohibición para que árabes compren departamentos en el oeste de la ciudad, y no existe prohibición para que judíos construyan un edificio o compren en el este de la ciudad. Ésta es la política de una ciudad abierta”.
Hubo un tiempo, no hace mucho, cuando Jerusalén era cualquier cosa menos una ciudad abierta. Durante la Guerra de la Independencia de Israel en 1948, la Legión Árabe de Jordania invadió Jerusalén oriental, ocupó la Ciudad Vieja y expulsó a todos sus judíos, muchos de ellos pertenecientes a familias que habían vivido en la ciudad por siglos. “Cuando se fueron”, el consagrado historiador sir Martin Gilbert escribió más tarde, en su libro de 1998 Jerusalén en el siglo veinte, “pudieron ver, detrás de ellos, columnas de humo elevándose de su barrio. El centro de asistencia Hadassa había sido incendiado, y el saqueo y la quema de propiedad judía estaban a toda marcha”. Durante los siguientes diecinueve años, Jerusalén oriental estaba prohibida para los judíos, brutalmente separada de la parte occidental de la ciudad con alambrados de púas y fortificaciones militares. Docenas de lugares sagrados judíos, incluyendo sinagogas de cientos de años de antigüedad, fueron profanados o destruidos. Lápidas del antiguo cementerio del Monte de los Olivos fueron arrancadas por el Ejército jordano y usadas como pisos de letrinas. El más sagrado santuario judío de Jerusalén, el Muro de los Lamentos, se convirtió en una pocilga. Recién en 1967, después de que Jordania fue derrotada de manera aplastante en la Guerra de los Seis Días, Jerusalén fue reunificada bajo soberanía israelí y la libertad religiosa restaurada para todos. Desde entonces, los israelíes han jurado que Jerusalén nunca más estaría dividida.
Y no sólo los israelíes. La política de Estados Unidos, basada en la Jerusalem Embassy Act de 1995, reconoce a Jerusalén como “una ciudad unida, administrada por Israel”, y declara formalmente que “Jerusalén debe permanecer como una ciudad indivisa”. Los presidentes de Estados Unidos, tanto republicanos como demócratas, estuvieron de acuerdo. En palabras del ex Presidente Clinton, “Jerusalén debe ser una ciudad abierta e indivisa, con libertad de acceso y culto para todos”.
Como candidato presidencial, Barack Obama decía lo mismo. En un cuestionario a candidatos del 2008 que preguntaba acerca “del probable estatus final de Jerusalén”, Obama contestó: “Estados Unidos no puede dictar los términos de un acuerdo del estatus final. Jerusalén permanecerá siendo la capital de Israel, y nadie debería querer o esperar que esté nuevamente dividida”. En un discurso dirigido al Consejo de Asuntos Públicos estadounidense-israelí, repitió el punto: “Permítanme ser claro: Jerusalén permanecerá como capital de Israel, y debe permanecer indivisa”.
Los irredentistas palestinos reivindican que Jerusalén es, históricamente, territorio árabe y debe ser la capital del futuro Estado palestino. En realidad, los judíos vivieron siempre en Jerusalén oriental, que es la ubicación de la Ciudad Vieja y de su famoso Barrio Judío, sin mencionar la Universidad Hebrea, que fue fundada en 1918. El complejo de departamentos al cual se opone Obama se levanta donde estuvo alguna vez Shimon Hatzadik, un barrio judío establecido en 1891. Sólo entre 1948 y 1967 —durante la ocupación jordana— la parte oriental de la capital de Israel fue “territorio árabe”. Los palestinos no tienen ahí más derecho de soberanía que la que tiene Rusia en la anteriormente ocupada Berlín oriental.
El gran obstáculo para la paz en Medio Oriente no es que los judíos insisten en vivir entre árabes; es que los árabes insisten en que los judíos no vivan entre ellos. Si Obama todavía no captó eso, tiene mucho que aprender.

Fuente: Porisrael.org

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