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Por Julián Schvindlerman
Que Israel ha sido por décadas la gran obsesión del sistema de las Naciones Unidas es apenas una novedad. Prácticamente no ha habido departamento, foro, organismo, institución, comité, división u oficina que no haya lidiado en algún momento de su historia con la cuestión israelí. Usualmente uno diría la cuestión palestino-israelí, pero en rigor los palestinos no han sido más que una excusa para castigar al estado judío, un vehículo útil para censurar a Israel. Así, UNESCO, el Consejo de Derechos Humanos, la Asamblea General, ECOSOC y otros entes de la ONU han prestado atención desproporcionada a Israel a expensas de atender otras áreas de urgencia humanitaria, política o económica en el planeta.
Un reporte de la Organización Mundial de la Salud del pasado mes de mayo ofreció un ejemplo típico. Titulado “Condiciones sanitarias en el territorio palestino ocupado, Jerusalén Este incluida, y el Golán sirio: borrador de decisión propuesto por la delegación de Kuwait, en nombre del Grupo Árabe, y Palestina”, demandó una "evaluación de campo” concerniente a los "incidentes de retrasos o denegación del servicio de ambulancia" y el "acceso de los presos palestinos a unos servicios sanitarios adecuados". Por supuesto que el reporte no hizo mención al hecho de que tanto la esposa como el cuñado del presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbas, así como la hermana, la hija y la nieta de Ismail Haniyeh, el líder de Hamás en Gaza, recibieron tratamiento médico en hospitales israelíes. No lo hizo porque ello hubiera socavado el objetivo implícito de todo el emprendimiento: sancionar al estado judío. El reporte fue aprobado por 107 votos a favor, 8 en contra, 8 abstenciones y 58 ausencias.
Aunque este hecho fue tradicional en la tediosa y odiosa relación de la ONU con Israel, esta vez ocurrió algo diferente, observado por el perspicaz analista de Medio Oriente Daniel Pipes. Este PhD de Harvard investigó el contenido de la votación de esta medida y halló que quienes la apoyaron fueron principalmente naciones europeas y que las naciones musulmanas mayormente se ausentaron. Los únicos dos países europeos que se ausentaron fueron San Marino y Bosnia-Herzegovina, cuya mitad de la población es musulmana. Mientras que países con mayorías o abrumadoras mayorías de población musulmana se ausentaron de la votación -países como Burkina Faso, Chad, Costa de Marfil, Eritrea, Etiopía, Gabón, Gambia, Kirguistán, Libia, Mozambique, Sierra Leona, Sudán, Tayikistán, Tanzania, Togo y Turkmenistán- la amplia mayoría de las naciones europeas votaron contra Israel: Albania, Andorra, Austria, Bielorrusia, Bélgica, Bulgaria, Croacia, Chipre, República Checa, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Grecia, Hungría, Islandia, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Macedonia, Malta, Moldavia, Mónaco, Montenegro, Países Bajos, Noruega, Polonia, Portugal, Rumanía, Rusia, Serbia, Eslovaquia, Eslovenia, España, Suecia, Suiza y Reino Unido.
Tal como Pipes lo presentó, Islandia (prácticamente sin musulmanes) votó a favor de la enmienda contra Israel, en tanto que no lo hizo Turkmenistán (donde los musulmanes superan el 90% de la población). Chipre y Grecia votaron contra Israel, mientras que Libia, históricamente hostil, se ausentó de la votación. Alemania, con su pasado complejo con el pueblo judío, votó en contra del estado judío, mientras que Tayikistán, aliado del régimen iraní, se ausentó. Dinamarca, con una historia más noble hacia los judíos, votó contra Israel, pero no Sudán, gobernado por un islamista. Rusia, que acaba de celebrar los 25 años de relaciones diplomáticas con Israel, votó en su contra, mientras que Chad, que cortó lazos con Israel a inicios de los años setenta, no votó.
Esto empujó al Dr. Pipes a concluir que el rechazo contemporáneo a Israel puede estar convirtiéndose predominantemente en una obsesión occidental, y puntualmente de los sectores progresistas en su seno. En sus palabras: “Los ataques violentos contra Israel siguen siendo cosa no de izquierdistas sino de musulmanes, y el islamismo, no el socialismo, permanece como la ideología anti-sionista imperante. Pero estos cambios apuntan a un enfrentamiento de las relaciones de Israel con Occidente y a unas más cálidas del primero con sus vecinos”.
El punto de Pipes se ve reforzado al notar que Egipto y Arabia Saudita tienen cada vez más estrechos lazos de seguridad con Israel a la par que el Partido Laborista en Gran Bretaña y el Partido Demócrata en Estados Unidos albergan de manera creciente sentimientos negativos sobre el estado judío. O al contemplar la decisión de la Unión Europea de etiquetar a todos los productos israelíes fabricados al otro lado de la Línea Verde mientras que no hace lo mismo frente a la ocupación china del Tíbet, en la que actualmente hay 7.5 millones de colonos chinos -enviados por Pekín como política de estado-, cifra que ya supera a la población tibetana nativa de seis millones. O al presenciar los boicots que hacen universidades occidentales contra académicos israelíes, a la par que no muestran reparo alguno en vincularse con profesores de Siria o Irán. O al ver a militantes argentinos protestando frente al Teatro Colón en ocasión de la visita de la Orquesta Filarmónica de Israel pero jamás verlos manifestarse contra orquestas rusas por la ocupación postsoviética de Crimea.
Algo raro sucedió en la ONU el pasado mes de mayo. El futuro dirá si fue un episodio aislado o el puntapié de una posible nueva dinámica en la relación de ese foro -y por añadidura del mundo- con Israel.

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