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Por Beatriz W. De Rittigstein
A principios del presente mes de julio, producto de un corto viaje a Israel, Mario Vargas Llosa escribió tres reportajes bajo el título “Los estragos de la ocupación”. El Nobel peruano describió sólo lo que quiso ver, en coordinación con quienes difunden una propaganda negativa que expone una serie de inexactitudes, sesgos y hechos ignorados de acuerdo a perversos intereses.
Los reportajes de Vargas Llosa corresponden al género narrativo, propio de su obra novelesca, en el que de modo admirable ha usado lo real maravilloso, pero no es adecuado para un género periodístico como el reportar. La mezcla de géneros resulta en una visión engañosa y manipulada.
Vargas Llosa señala que todos los gobiernos de Israel, a excepción de Sharon han apoyado a los asentamientos; pero omite que Ehud Barak y después Ehud Olmer, ofrecieron devolver el 94% de lo conquistado en la Guerra de los Seis Días y con el 6% restante intercambiarían territorios como en su momento se logró con Jordania. Sin embargo, la autoridad palestina rechazó esa oferta. Además, la salida unilateral de Gaza, iniciativa de Sharon, fue un fracaso; el mensaje fue erróneo y tras ello, se fortaleció Hamas, movimiento que propugna la destrucción de Israel.
El escritor evita explicar por qué Israel construyó el mal llamado “muro”, evadiendo la cantidad de ataques terroristas perpetrados por grupos palestinos en ciudades israelíes. El resultado fue la sensible disminución de esos embates.
Vargas Llosa fue guiado por miembros de la ONG rompiendo el silencio, dedicada a hacer público supuestos testimonios de soldados israelíes, pero esas declaraciones son anónimas, no se denuncian ante autoridades, para que se indaguen, juzguen y castiguen. Hay investigaciones que prueban quiénes son los que financian a romper el silencio: palestinos y árabes, e incluso gobiernos europeos, unos con claros intereses y otros, que reciben informaciones encubiertas sobre el destino de los recursos. Ese dinero podría mejorar la calidad de vida de la población palestina.
Llama la atención que Vargas Llosa, pese a sus críticas preconcebidas, se hospedó en Israel y no en alguna ciudad cisjordana bajo responsabilidad de la AP, o en Gaza, cuya vida hubiera estado en manos de grupos terroristas como Hamas o Yihad Islámica.

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