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Por Rebeca Perli
Una persona puede hacer la diferencia. Ningún eslogan mejor que este para identificar a Raoul Wallenberg de cuyo nacimiento se están cumpliendo cien años y quien con valentía, perseverancia e ingenio, salvó del exterminio a más de cien mil judíos desafiando, inclusive, órdenes provenientes de autoridades nazis que él se atrevió a incumplir.
Wallenberg nació el 4 de agosto de 1912 en el seno de una prestigiosa familia sueca. En 1931 viajó a Estados Unidos donde cursó estudios y a su regreso a Europa se desempeñó como secretario de la delegación sueca en Budapest, posición desde la que pudo emitir "pasaportes protegidos" que adjudicó a judíos húngaros a los que hizo pasar por escandinavos en espera de repatriación. En una temeraria hazaña trepó el techo de un tren que transportaba prisioneros judíos y entregó el preciado documento a los que logró alcanzar ordenándoles que saltaran del tren pasaporte en mano.
El 17 de enero de 1945 fue hecho prisionero, irónicamente, no por los nazis, sino por los archienemigos de éstos, los soviéticos, alegando que espiaba para Estados Unidos. La versión oficial es que fue ejecutado el 17 de julio de 1947, pero las circunstancias de su muerte son confusas.
Como quiera que sea Raoul Wallenberg pasó a la inmortalidad. Es ciudadano honorario de Israel, Hungría, Estados Unidos y Canadá; en 2001 fue develado en Suecia un monumento en su honor en una ceremonia a la que asistieron el rey Carl XVI Gustaf y Kofi Annan (quien es esposo de una sobrina de Wallenberg) y, por supuesto, ocupa lugar privilegiado en la Avenida de los Justos en Jerusalén, en la que Israel rinde tributo a quienes salvaron a judíos del exterminio.
Raoul Wallenberg es una persona que hizo la diferencia.

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