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Por Guido Maisuls
Si existe un año, que siento como prendido en mi propia carne como punzante alfiler que lastima, con seguridad es el 1492. Este 1492 fue protagonista y testigo fiel de episodios claves y dramáticos para el futuro de España, de Europa y del pueblo judío. Ocurrieron en el, tres hechos históricos trascendentes que cambiaron profundamente la faz de gran parte de la humanidad.
Luego de 800 años de esplendor, se apaga la luz de la presencia islámica en la Península Ibérica que capitula definitivamente ante el mundo cristiano, marcando un punto de quiebre entre la oscura y retrógrada Edad Media y el llamado mundo “moderno”.
El misterioso navegante Cristóbal Colon consigue el financiamiento de los Reyes de España para su gran aventura de cruzar los mares en la búsqueda de las lejanas Indias o del “nuevo” continente americano. Nada más y nada menos que un “marrano” en la búsqueda de una nueva tierra para que su pueblo pueda vivir en Paz y en Libertad.
Fernando de Aragón e Isabel la Católica firmaron el funesto decreto de expulsión de los judíos de España, desencadenando dos itinerarios trágicos para el judaísmo: La penosa diáspora de los judíos sefardíes por el ancho mundo y el martirio de los anusim, los judíos forzados a convertirse al cristianismo y luego martirizados por la inquisición de los Torquemadas debido al terrible delito de judaizar en secreto.
Fue 1942, pues, un año clave en mi percepción personal y en la historia de la humanidad pues en él se produjeron dos cambios históricos decisivos.
El primero, fue el “descubrimiento” de un nuevo mundo, desconocido hasta entonces para la óptica cultural europea o sea la aparición de esa América virginal que hizo estallar todo el orden imperante hasta entonces en la vieja Europa.
El segundo, la trágica expulsión de los judíos de España, fue el comienzo de la desaparición de esas brillantes juderías sefardíes que enriquecieron la Península durante tantos siglos y el principio de una época de decadente oscurantismo y de retrograda creación de una nueva cultura hispánica signada por la gris monotonía de la uniformidad.
En medio de estos dos eventos irrumpió una figura clave, un protagonista vivencial entre el viaje al mítico nuevo mundo y la expulsión de los judíos de España. Ese personaje tan enigmático fue Cristóbal Colon, que al frente de su flota partió a la aventura sólo dos días después de la fecha obligada para que los judíos se despidan definitivamente de sus hogares.
Colón no era un cristiano común y corriente, conocía el idioma hebreo y el Antiguo Testamento en forma asombrosa. Tenía ancestros, parientes y amigos judíos. La mayoría de sus marineros eran cristianos nuevos que judaizaban en el mayor de los secretos. La casi totalidad de sus mecenas y colaboradores directos de su gran emprendimiento fueron sospechosos de ser falsos conversos.
Cristóbal Colon se escribía muy a menudo con su hijo Fernando; eran cartas donde abundaban las fechas en letras hebreas, en los encabezamientos las iniciales de Baruj Hashem B”H (“con la ayuda de Dios”), en las despedidas las bendiciones judías y hasta sabios consejos de como debía hacer su hijo para preservar “nuestras costumbres”.
Para Colón no era ningún misterio el saber hacia donde iba con su expedición; el sabía que había otras tierras para que sus hermanos expulsados, huérfanos y humillados pudieran encontrar la paz y la vida fecunda.
Otros lugares donde probablemente vivían los descendientes de las diez tribus perdidas que estarían esperándolos con los brazos abiertos para poder reunirse nuevamente como en las añoradas épocas de la gloria del antiguo Israel.
Muchos siglos después se habló de redimir su memoria luego de un largo período de letargo, donde permaneció en ese rincón oscuro y misterioso de la historia. Pero existen aún hoy fuerzas demasiadas arraigadas en la cultura y en la idiosincrasia de Occidente que lo impiden.
El gran secreto que no se puede ni se debe develar: Colón fue simplemente un judío y sus sueños y motivaciones eran liberar a su sufriente pueblo de las terribles garras de la intolerancia medieval de la Europa cristiana en la que estaba inexorablemente atrapado.

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