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Por Julián Schvindlerman
Es mi primer viaje a Polonia y mi primera visita a Auschwitz-Birkenau, y quedará rodeada de la catolicidad que impregna la atmósfera. Polonia es anfitriona de la Jornada Mundial de la Juventud y alrededor de dos millones de católicos han llegado al país, que es de por sí muy católico y ha dado un Sumo Pontífice al mundo. El Papa Francisco ha anunciado que irá a los campos de la muerte y se esperan mil invitados y cientos de periodistas, entre los que me cuento. Esto no es Marcha por la Vida: hay muy pocos judíos a mí alrededor y el periplo no concluirá en Israel.
En el autobús de prensa que me transporta desde Cracovia a Oswiecim, el pueblo que alberga a Auschwitz-Birkenau, pienso en la parada final, pero nada me prepara para el impacto visual de la primera imagen de Birkenau. Esa amplia entrada de ladrillos con su torre de control, vista en mil fotografías, atravesada por esas vías metalizadas vistas en mil documentales, se antepone frente a mí con una presencia poderosa e inquietante. Detrás veo las alambradas otrora electrificadas; horribles, espeluznantes. A lo lejos, las barracas, donde tantas lecturas han retratado el hacinamiento de los condenados, y a su alrededor lo que queda de las chimeneas donde sus cuerpos fueron cremados. Birkenau apesta a muerte, aunque no se huela nada. Me perturba el color intensamente verde de su pasto. No hay derecho, pienso, a que la vida crezca aquí. Y el sol, tan pleno, brillando desde lo alto, me resulta un insulto al pasado negro que hiere a esta tierra profanada.
Mientras espero el arribo del Papa, mi mente recuerda. Con la mirada fija en el monumento creado por el régimen comunista en 1967, recreo las visitas de Juan Pablo II -inédita para el Papado- en 1979, y la de Benedicto XVI, en 2006. El memorial está asentado sobre las ruinas de las cámaras de gas y los crematorios y sus piedras oscuras simbolizan tumbas y las chimeneas de los crematorios. Delante de esta escultura hay placas en veintitrés idiomas diferentes que aluden a las identidades nacionales de las víctimas: “Que por siempre sea este lugar un grito de desesperación y una advertencia a la humanidad, donde los nazis asesinaron alrededor de 1.5 millón de hombres, mujeres y niños, principalmente judíos, de varios países de Europa”.
El Papa polaco caminó delante de estas placas, pero se detuvo sólo frente a dos de ellas, las que llevaban las inscripciones en polaco y en hebreo. Ello fue interpretado como un mensaje estudiado  acerca de a quién él consideraba las víctimas centrales en este gran cementerio. El Santo Padre destacó la victimización polaca allí: durante su discurso no mencionó explícitamente a los judíos y habló de los “seis millones de polacos que perdieron sus vidas durante la Segunda Guerra Mundial: la quinta parte de la nación”, omitiendo remarcar que al menos tres millones de esos polacos fueron judíos, alrededor del 90% de la población judía polaca de la época. Juan Pablo II anunció: “He venido y me arrodillo sobre este Gólgota del mundo moderno…”. Al comparar a Auschwitz-Birkenau donde judíos y gentiles fueron exterminados, con la colina de Jerusalem donde Jesús fue crucificado, el Papa había asignado un significado puramente religioso al genocidio nazi y presentado a su víctimas como coderos expiatorios por los pecados de la humanidad, algo que reiteró al visitar Mauthaussen en 1988 al decir que los muertos habían sido “un regalo al mundo”. Una controversia judeo-católica rápidamente emergió. En ocasión de la visita del Papa alemán otro contrapunto quedó instalado cuando pareció que Benedicto XVI minimizó el papel jugado por el pueblo alemán durante el Holocausto al atribuirlo a “un grupo de criminales que alcanzó el poder mediante falsas promesas”.
De manera que estaba yo expectante -como periodista, como historiador y como judío- de los gestos de Francisco. El Papa argentino decidió no hablar durante su visita a los campos de la muerte, una actitud que inicialmente celebré en un artículo publicado en Infobae. Creí ver allí una actitud prudente a la luz de las pasadas polémicas, y sabia, dado que su sola presencia simbolizaría un tributo más potente que cualquier palabra. “Al fin de cuentas”, escribí en la línea final de aquella nota, “filosóficamente hablando, ¿qué puede decirse en Auschwitz?”. Pero eso lo había escrito antes de arribar a Polonia y, más pertinentemente, antes de pisar Birkenau. Cuando esa misma tarde, ya retornado a Cracovia, en una entrevista radial con un periodista argentino, éste refirió a ese silencio papal y me preguntó si no cabía aprovechar la oportunidad para alertar al mundo acerca del antisemitismo y el negacionismo desde esa tumba de la humanidad, reveo mi postura y concedo: sí, Francisco debió haber dicho algo. Aprecio la visita pontificia, y comprendo los riesgos políticos de un discurso público que no podrá satisfacer jamás a católicos y judíos por igual. Y aun así, me convenzo de que el Papa tenía que hablar. Pero es sólo al colgar el teléfono, cuando yazco en soledad, al atardecer de un día emocionalmente agitado, que me invade una duda. Al permanecer en silencio en Auschwitz y en Birkenau, ¿no estaría Francisco sutilmente validando a Pío XII, quien “permaneció en silencio” durante la Shoá? ¿No sería esa, acaso, una manera elegante y cuidadosa de justificar a un Santo Padre cuestionado sin nombrarlo? Debo confesar que no tengo una respuesta definitiva al respecto. El Papa es un gran amigo del pueblo judío. Pero es también el líder espiritual de la Iglesia Católica Universal y Jefe de Estado del Vaticano, y en esa doble capacidad debe respetar -y defender- su pasado.
Lo cual nos lleva al nudo, y cierre, de esta reflexión. Las relaciones judeo-católicas están en su mejor momento en siglos, y encaminadas hacia una más plena y mutua comprensión. El presente y futuro de esta delicada relación estará siempre afectado por su pasado. Conocer ese pasado a fondo, entonces, será esencial para poder encauzar este vínculo importante hacia una convivencia en respeto y en armonía.

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