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En esta larga historia de persecuciones raciales y religiosas, que casi sin interrupción se fue dando a través de los siglos (el término antisemitismo se acuñó hacia mitades del siglo XIX, pero el accionar antisemita proviene de muchísimo antes), el pueblo hebreo llevó siempre las de perder.

Buscar los orígenes de algo tan incrustado en las sociedades como es el antisemitismo o, dicho más apropiadamente, la judeofobia, no resulta ser una tarea sencilla; hace falta hurgar en una historia de cuatro mil años, donde ocurrieron demasiados acontecimientos infaustos que embrollan su determinación.

Aun así, es lícito afirmar que el antisemitismo, pese a los variados inicios que se le asignan, surgió con el nacimiento mismo del judaísmo. Cuando el patriarca Abraham y sus inmediatos seguidores pergeñaron el monoteísmo, y con ello el Dios ético, provocaron, a su pesar y sin proponérselo, la revolución más escandalosa que se diera en la historia del hombre en proceso civilizatorio.

Un vuelco tan brusco en el pensamiento y en la forma de vivir de los humanos, que con el tiempo le acarrearían, inevitablemente, dolorosas represalias a su pueblo (al de Abraham) y a todos aquellos que defendiesen o adscribiesen a su doctrina. Porque, con su temeridad, no habían hecho sino desplazar de sus cómodos sitiales a cantidad de hechiceros, magos, sacerdotes y oficiantes varios, los que, por supuesto, no perdonarían de modo alguno tamaña ofensa. Y no solamente éstos, sino sobre todo los poderosos a los que ellos servían, quienes usaban las creencias religiosas populares para justificar, y también cubrir, sus muchos y muy turbios manejos económicos y políticos.

De cualquier manera tal odio y las consecuencias de él provenidas, fueron en principio disimulados. La forma irracional de la judeofobia, que derivaría en grandes matanzas de judíos se dio más tarde, cuando los que mandaban dieron piedra libre al populacho para escarmentar a la nación “renovadora de los conceptos”.

Ese monstruo (la judeofobia), nacido de la pérdida de privilegios y de poder, se fue retroalimentando a través de los siglos con hechos puntuales y otros aleatorios. De los primeros, quizá el cardinal sea la prédica del clero cristiano acusando a “todos” los judíos de deicidio, por la muerte del rabino Jesús de Nazaret a mano de los romanos.

Insertada y aceptada esta inculpación, ocurrieron no pocos ataques contra los judíos y por los más variados motivos. Los muertos se sumaron por miles y también los desterrados; muertes y destierros que continuarían más adelante, con las Cruzadas y con la Santa Inquisición.

Antes de ello, pero pasadas unas centurias de aquella primera acusación cristiana, Mahoma, el inventor del Islam, al no consentir los descendientes de Abraham convertirse a su nueva religión, los maldijo y colocó en la incómoda situación de enemigos a ser destruidos (ésto sucedió en el siglo VI de la era común). Hubo, por ese supino motivo, más muertos y expatriados entre los perseguidos judíos.

No todo terminó ahí desde luego, más tarde, en el medioevo, este desvarío continuó creciendo, ahora por obra de los señores feudales que tomaban deudas con los “usureros” judíos, una profesión (hoy día los respetados “banqueros”) a la que se los indujo ejercitar por la fuerza o por la necesidad. Esos señores feudales, borrachos, pervertidos, viciosos a carta cabal, por no antojárseles devolver los préstamos tomados, inventaron los famosos libelos según los cuales los judíos mataban niños cristianos para beber su sangre o amasar su pan.

Afirmaciones éstas que sus inferiores creían a pie juntillas dando rienda suelta a su barbarismo congénito, que se calmaba únicamente cuando perpetraban alguna carnicería contra el “pueblo del libro”.

La bestia antisemita continuó engordando con el paso del tiempo. Los intereses mezquinos del zarismo ruso también centraron sus políticas en la judeofobia, para distraer al vulgo que estaba bajo su sometimiento. Utilizaron para ello los pogromos, siendo su Ojrana (policía secreta), la que arregló esa falsificación perversa que se llamó: Los Protocolos de los Sabios de Sión.

Al mismo tiempo, con episodios más o menos cruentos, el antisemitismo crecía y continuaba creciendo en los más diversos puntos del planeta; hasta, casi por lógica, desembocar en el genocidio perpetrado bajo dirección de los alemanes, y realizado con entusiasmo por austriacos, ucranianos, polacos, croatas, búlgaros y muchos más, quienes descargaron sus frustraciones matando a seis millones de judíos.

Terminada la guerra en el transcurso de la cual se cometió la aniquilación de esos millones de seres, derrotados los responsables “ejecutores” e impuesta una frágil y mentirosa democracia global, pareció que con ese final y conocidas ahora públicamente las barbaridades cometidas contra los judíos, el antisemitismo, por lo menos en su forma colectiva, habría desaparecido para siempre.

Falsa expectativa, se trata de un sentimiento tan enquistado en algunas culturas, que su erradicación resulta poco menos que imposible. España es un caso paradigmático. Invadida durante ocho siglos por el Islam, gobernada más tarde por un clero católico retrógrado y agresivamente judeofóbico, obtuvo por herencia de éstos y aquellos una tradición anti judía, que quedó grabada incluso en el lenguaje diario (de los diccionarios: Judeada: cosa mala o mezquina. Judío: usurero).

Claro que este fenómeno no ocurre solamente en España, por distintos motivos subsiste en toda Europa y ahora con un nuevo ingrediente, basado en la conveniencia y el miedo. Como compensación a la matanza ocurrida, en noviembre de 1947 la Liga de las Naciones (hoy las Naciones Unidas) votó la partición de un territorio casi despoblado de nativos autóctonos equivocadamente llamado Palestina, en cuya faja costera se establecería un estado judío y en el resto lo harían los palestinos naturales de esa zona.

Ésto desembocó en una guerra que subsiste hasta el presente, con distintos enfrentamientos (años 1948, 1956, 1967, 1973 y 1982) en los que siempre prevalecieron las fuerzas armadas del Estado de Israel (así se denominó el nuevo país, cuya Independencia proclamó David Ben Gurión el 14 de Mayo de 1948 en Tel Aviv, ciudad levantada por los judíos).

Lamentablemente no se trató de una guerra formal, puesto que para llevarla a cabo se inmiscuyeron otros muchos países y organizaciones guerrilleras, casi todos enemigos entre sí o con intereses encontrados, a los que solamente ligaba una religión en común. Y esa religión era el Islam, enemigo a muerte con los judíos desde su fundación. Pero decir Islam, no es sólo referirse a un credo, su mención connota además fanatismo en muchos casos, y también petróleo, el hidrocarburo que mueve al mundo.

No debe por lo tanto resultar extraño imaginar, dada la imposibilidad que tenían de imponerse por las armas, que los árabes no dejarían de usar su oro negro para luchar contra Israel. Y su número, de por sí apabullante: mil doscientos millones de potenciales combatientes mezclados entre la población de todos los países del orbe.

Empleando el chantaje más descarado, sin importarles contra quien lo dirigían, fueron, lentamente, torciendo el brazo de Europa, hasta ponerla de rodillas. Y no sólo usaron la compulsión económica para hacerle doler el torniquete, reflotaron además el peor de los antisemitismos (pese a ser ellos un pueblo también semita), sabedores que Europa era culturalmente judeofóbica, además de cobarde.

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