Los Tiempos fronterizos de Cecilia Hecht

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Por Marianne Kohn Beker
Hace ya no recuerdo cuánto tiempo, la exposición de Cecilia era sobre Espacios abismales; la de hoy es sobre Tiempos fronterizos. Entre ésta y aquella hubo otras más. Espacios y tiempos sólo en plural como en la viejísima lengua hebrea renacida, tan simbólica, tan sabia, tan llena de significados ocultos, como eso de que agua, cielo y vida no tienen singular, no hay cielo sino cielos, ni agua sino aguas, ni vida sino vidas.
La obra de Cecilia encierra esa pluralidad de instantes y espacios que no se repiten, más bien parecieran ser infinitos. Cada uno de sus cuadros invita a descubrir sus múltiples claves. No son nunca lo que, a primera vista, aparentan ser. Si bien ahora la sentimos como salida de sus abismos, persiste en sus “umbrales”, porque ¿acaso las fronteras no lo son? Umbrales que deben ser franqueados. Por ello soñamos con los puentes, fantasmas sobre precipicios ciertos, columnas que se aferran, empeños que se mantienen inalcanzables…
Todos estos cuadros tienen, aunque sea, un barniz de melancolía a pesar de que en algunos despunten los colores: azules, lilas y el amarillo de una arena envejecida que recuerda al desierto. Si asoman ventanas, están rasgadas, y si hay techos, están ennegrecidos. Es de rigor mostrar el entramado, que las cosas están hechas con sangre, y que, finalmente, lo que vimos en los Espacios abismales y lo que vemos en los Tiempos fronterizos, son añoranza de puentes, de hogares, de afectos.
¿Adónde conducen esos puentes? ¿Cómo nos sostienen esas columnas? ¿Por qué las cosas hablan sólo de nosotros? De los seres humanos, sus sombras y luces, los destellos y los rincones, los pasajes de una vida a otra varias veces, o quizás muchas, en el recorrido de una sola. ¡Qué decir de un pueblo! ¡Qué decir del mundo!
En la obra de Cecilia encontramos secuencias de descubrimientos desplegadas en superficies que nos gritan o susurran un transcurrir difícil, pero intransferible. Ella abre un libro y sólo lo cierra cuando ya ha expresado todo de esa manera. Entonces, a la vuelta de la esquina, nos espera otro.
Nos sorprende y deslumbra porque son nuevos objetos, pero la luz y la sombra que despiden nos devuelven a esa profunda obsesión por descifrar el misterio que, como el azar, nos mantiene en estado de espera de lo inesperado: el sabor salobre de una lágrima que recorre el rostro hasta morir en los labios, el tañido de unas campanas que anuncian el devenir siempre incierto. Sin embargo, no dejan de ser un canto a esta vida, sí, a esta vida triste, preocupada, amenazada y sin embargo pujante, llena de empeño para saltar del pasado al futuro, cueste lo que cueste.
Ya decíamos entonces que se quejaba Kafka de no haber nacido pintor. Que en su época (que sigue siendo la nuestra, por cierto) habría que exponer el mensaje de una sola vez, en una sola mirada, abrupta y abrumadoramente, como sólo lo logra el artista plástico para alcanzar las honduras que desequilibran al espectador de un cuadro, porque mientras le habla a los ojos, logra traspasar la fría coraza de su corazón. El escritor se afana en cientos de páginas, y ni así lo logra.
En esta misma onda, el gran poeta Eugenio Montejo escribe en el verso que adorna al hermoso fascículo que presenta esta exposición de Cecilia: “Estoy cansado de palabras”.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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