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Por Aquiba Benarroch L.
Yo tuve un primo que se llamaba Alberto Benarroch. Murió joven en Málaga, en las primeras semanas de la Guerra Civil, durante la ocupación de la ciudad por las fuerzas de Franco. La única información que tuvimos, y sin confirmar, es que lo vieron en las calles de la ciudad durante los combates. No se sabe si estaba combatiendo o se encontraba allí por casualidad o por curiosidad. Es de suponer que fue enterrado en una fosa común. Mi pobre tía, su madre, vivió muchos años con esa pena, no solo por haber perdido a su hijo menor, sino porque nunca tuvo la oportunidad de acudir a llorar delante de su tumba.
Este recuerdo surgió en mi mente cuando estaba pensando en los millones de muertos que han ocurrido en el siglo XX en el curso de tantas guerras, genocidios y matanzas. Pero pocas veces se ha pensado en esas madres que se cuentan por millones que no tuvieron la oportunidad de al menos poder ir a recogerse delante de la tumba de su hijo muerto y llorar por su recuerdo.
Pero además de este aspecto humano y sentimental de esa injusticia, existe la falta que comete una sociedad civilizada cuando no es capaz de asumir sus errores, enfrentarlos, y si ya es demasiado tarde para castigar a los responsables de esas muertes, al menos intentar guardar su memoria, no olvidarlos, llevando a cabo conmemoraciones, placas o lo que sea, para al menos no asesinarlos una segunda vez al borrar de él, no solo su cuerpo, sino también su memoria.
A todos los que nos acusan a los judíos de exagerar en las conmemoraciones de la Shoá, habría que responderles con mi razonamiento anterior. Después de sucedidas las catástrofes humanas que avergüenzan a la humanidad, al menos deberían tener el último atisbo de esa misma humanidad, que al menos se respete la memoria y que de alguna forma dejen testimonio de que esos seres humanos existieron, que tuvieron padre y madre, hermanos y amigos que le han llorado. Pero si con la cobardía habitual de los hombres no se empeñan en buscar la forma de conservar la memoria histórica, entonces es cuando se podría decir que la sociedad les condena una segunda vez al olvido. Es borrar definitivamente su paso por la Tierra.
Algo similar está sucediendo en España con el debate sobre la memoria histórica, que ha tenido como consecuencia una ley, llamada “de la memoria histórica”, para de alguna forma desenterrar a los que murieron en los dos lados de la Guerra Civil, y conservar su memoria, ya que es demasiado tarde para hacer justicia. Pero se diría que no existe la voluntad de asumir esos errores, como si tuvieran miedo de que al abrir los centenares de cementerios y otros lugares en donde se enterraban los cadáveres en una fosa común, se pudiera hacer revivir rencores y diferencias entre los ciudadanos, y prefieren callar: el mutismo más absoluto sobre los que vivieron, sufrieron y murieron, la mayoría injustamente. Hoy la sociedad española está dividida sobre este tema. Y cuando algunos como el juez Garzón intentan alguna cosa, casi hasta le van a meter en la cárcel.
Entre todos los horrores que sucedieron en la historia, pero más específicamente en la Europa del siglo XX, el nazismo ha sido el que ha producido el mayor número de víctimas producto de asesinatos y barbarie. Sin embargo, la Alemania de estos diez o quince últimos años ha asumido con valentía los inmensos crímenes de sus antepasados. No solo los ha reconocido, sino que la política de los sucesivos gobiernos alemanes ha cortado de raíz cualquier intento de hacer resurgir partidos o grupos neonazis, y lo castiga con dureza.
Estos días leemos que el execrable obispo Williamson, una gran negador de la Shoá, va a ser juzgado por los tribunales de Justicia alemanes por esa denegación, que está penada en Alemania. Pero muchos otros países que han organizado masacres, que han cometido excesos y crímenes, como el actual dictador de Libia y otros que mantienen a sus países bajo una dominación totalitaria, siguen impulsando y defendiendo regímenes que no solo no respetan los más elementales derechos del hombre, sino que lo hacen con total impunidad, con la aprobación de muchos países democráticos que anteponen sus intereses económicos a los más elementales principios de convivencia y de libertad.
En relación con la actual situación de Libia que al fin ha hecho despertar a algunos países para defender al mismo pueblo libio, no es unánime la aceptación de las medidas de intervención que se han practicado. Y muchos políticos y gobiernos han adoptado posiciones que yo considero inexplicables con el pretexto absurdo de que la intervención exterior sobre un país es siempre inadmisible, en nombre de esa sagrada hipocresía de la soberanía de los pueblos. A las atrocidades de los tiranos pienso que el derecho de injerencia tanto de la ONU como de los países democráticos es absolutamente legítimo, si no queremos que se repitan los horrores del nazismo o del comunismo.
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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