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Por Beatriz W. de Rittigstein
Con efecto multiplicador circula en Internet una entrevista a Ollanta Humala que, presuntamente le hizo una periodista, Ulrike Baader, en Berlín, en octubre de 2010. Hay elementos para desconfiar de su autenticidad, pues Ulrike Baader podría ser la composición de los nombres de Andreas Baader y Ulrike Meinhof, fundadores de la banda Baader-Meinhof, que sembró el terror en los 70. Y ese mismo texto fue firmado por alguien llamado Serenella Nagore, en París, en 2002. Pese a las dudas, el extremismo de Ollanta resulta público desde que saltó a la palestra en el 2000, con un golpe de Estado el día que Montesinos huyó y se comprobaron llamadas de su celular al cuartel donde estaba Humala. En 2005, su hermano Antauro ejecutó otra asonada; desde Seúl, Ollanta lo apoyó.
En 1991, como capitán del Ejército, Ollanta estuvo destinado a la zona de Madre mía; fue acusado de abusos contra la población civil; el Poder Judicial lo investigó, pero el caso se cerró por “falta de pruebas”. 
Durante la campaña electoral de 2006, Isaac Humala, padre de ambos, mostró sin pudor su doctrina: el etnocacerismo, un ultra nacionalismo étnico que coloca a la raza cobriza como superior;  además hizo gala de un odio antisemita y xenófobo. Admitió que le enseñó a sus hijos que la fuerza militar es la vía para llegar al poder. Entre sus objetivos está el retomar los territorios del Imperio Incaico.
Como credo, el etnonacionalismo no se diferencia del nazismo. No obstante, Humala aprendió la lección: en la presente campaña ha moderado su lenguaje y se sitúa en el centro del espectro político. Y, ciertamente no es viable concretar las ideas de su formación, pero tampoco un personaje que genera fundados recelos debería alcanzar el poder.

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