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Editorial La Nación, Argentina
La terrible situación de violencia interna en Siria se deteriora muy rápidamente para preocupación de todos. Tras once meses de protestas que comenzaron siendo pacíficas e ininterrumpidas contra el autoritario régimen de Bashar al-Assad, se han acumulado ya cerca de seis mil muertos, miles de heridos y un daño social inconmensurable.
Lo que ahora luce como una guerra civil parecería haberse extendido a todo el país, en lo que es una triste realidad. El conflicto armado se ha agravado enormemente e incluye a la propia Damasco y a la ciudad de Alepo. Todo en Siria es, de pronto, terror y fragilidad.
La oportuna intervención mediadora de la Liga Arabe, alarmada por las matanzas de civiles inocentes, ha terminado en fracaso. El tema ha vuelto entonces a la agenda del Consejo de Seguridad, donde Rusia, con su poder de veto, continúa defendiendo, a capa y espada, a un aliado que no ha vacilado en reprimir a su propio pueblo con la violencia más abierta, extrema e inhumana.
Pese a todo, las voces destempladas de las autoritarias Cuba y Venezuela y las de sus solícitos aliados bolivarianos aún apoyan a Assad, a contramano de la mayoría de las naciones y ante el asombro de todos.
Irán, el socio geopolítico principal de Siria que, como exportador de terrorismo y violencia ambiciona consolidar una posición de liderazgo en el mundo musulmán, podría salir mal parado de la crisis. Particularmente si, pese a su intenso apoyo militar y financiero al régimen sirio, el clan Assad finalmente es obligado a tener que dejar el poder al que aún se aferra como puede.
Esta vulnerabilidad alcanza, ciertamente, a sus dos movimientos protegidos: Hamas, en Gaza, y Hezbollah, en el sur del Líbano. El líder de Hamas, Khaled Meshal, ha abandonado silenciosamente su cuartel en Damasco, en clarísima señal de preocupación por el futuro del régimen que lo cobijara por años.
Si los Assad caen, lo que parecería ser mera cuestión de tiempo, la dinámica del poder en la región cambiaría sustancialmente. Para Irán, la derrota política sería inocultable. Para los países árabes, la caída del régimen alawita de los Assad sería un triunfo fundamental en el complicado forcejeo por el poder en Medio Oriente. Ante lo que sucede, hasta la prudente Turquía ha buscado distancia de Siria.
Hace apenas un año, un Irán claramente desafiante enviaba sus buques de guerra a cruzar el canal de Suez por primera vez en treinta años, en demostración abierta de presencia y poderío militar. Hoy las sanciones económicas parecen haberlo debilitado y en los últimos días ha comenzado a enviar señales que sugieren que hasta podría virar en la desafiante dureza que ha caracterizado a su estrategia nuclear en dirección a una actitud algo más componedora.
El pueblo sirio advierte azorado cómo Irán insiste con su apoyo descarado al régimen que hoy es un sangriento opresor, lo que genera una ola de frustración y resentimiento. Porque la gente ve cómo los asesores militares iraníes están actuando junto a las fuerzas de Assad, cuyas tácticas son espejo de las utilizadas en Irán para silenciar a los reformistas luego de su último triunfo electoral, del que fueran arteramente privados.
La pérdida para Irán, si el régimen de los Assad cae, parecería inevitable, sería un golpe duro a las ambiciones de una teocracia con vocación de poder que se extiende más allá de sus propias fronteras y que hasta ha comenzado a incursionar, sigilosa y opacamente, en distintos rincones de nuestra región latinoamericana.
Fuente: La Nación, Argentina

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