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Por Nelson Rivera
Pesan tanto, son tan gruesas y sonoras, que he escogido ceder a la tentación: iniciar estas líneas hablando de las ausencias, de lo que Romain Gary no habla en los capítulos dedicados a su infancia: no permite que el terror de la Revolución Rusa asome en estas páginas: mantiene a raya las persecuciones que los judíos sufrieron en Rusia y en Polonia: oculta la incesante crueldad de la guerra civil entre blancos y rojos que alcanzó la Lituania de su niñez solitaria.
¿Quién es el escritor que encapsula sus recuerdos e impide que se contaminen del horror? El mismo que escribió El bosque del odio (relato sobre la resistencia partisana a la ocupación nazi) y Educación europea (sus memorias como piloto de combate durante la Segunda Guerra Mundial); el mismo que, con el seudónimo de Emile Ajár, obtuvo dos veces el Premio Goncourt (1956 y 1975) por sus hondas exploraciones del dolor humano (Las raíces del cielo y La vida ante sí); el mismo que en estas páginas dice: "Miento bastante poco, ya que para mí la mentira tiene un gusto dulzón de impotencia: me deja a demasiada distancia de mi objetivo".
La promesa del alba (Random House Mondadori, España, 2008), es libro autobiográfico: nostálgico, veraz, tenso como la lisa piel de un instrumento de percusión: todo lo que cae sobre ella resuena con largo eco. Lo que Gary (cuyo verdadero nombre era Roman Kacew) narra con primor es la relación con su madre, Nina Kacew, modista judía, quien luego de romper con el shtetl, adquiere el estatuto de refugiada, condición desde la que consagrará la vida a su hijo.
Doble riesgo: que el homenaje a la madre encerrara la narración en el ámbito de los elogios; que las concesiones a la figura materna se extendieran a la relación entre ambos. Gary evita la facilidad e incursiona en la maravilla y la fatalidad que anuda y desanuda la vida de ambos. No se otorga privilegios, no se indulta: las secuelas en el hijo único, las marcas en el carácter de niño mimado, el vacío que invadía su ánimo tras cada meta alcanzada (y que finalmente lo impulsarían al suicidio en 1980), merodean como pertinaces fantasmas en la narración.
Hay una tipología en la literatura europea (Sándor Márai, Danilo Kis, Aharon Appelfeld, Alexandar Tisma, Patrick Modiano, Norman Manea y tantos otros) de la que Romain Gary es miembro nato: vidas y obras que son el fruto de un milagro: experiencias y escrituras salvadas del infierno totalitario. Y es ahí donde es posible comprender los elocuentes silencios de autor: para reconstruir la complejidad de un par de náufragos que no tenían a más seres en el mundo, fue necesario alejar las llamas que consumieron a Europa durante el siglo XX. De lo contrario, quién sabe si el fuego no hubiese arrasado con la delicada trama del amor filial.

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