La peculiar judeofobia de Richard Wagner

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Por Julián Schvindlerman
La relación de Richard Wagner con los judíos permanece como una de las paradojas más fuertes de su personalidad. El compositor alemán los detestó intensamente y manifestó su desprecio por los hebreos especialmente a través de un ensayo de su autoría titulado El judaísmo en la música, publicado por vez primera en 1850 con un seudónimo y posteriormente reditado en 1869 con su propia firma. En sus páginas, Wagner clamaba por la completa aniquilación de los judíos. Aún en un contexto de teorías raciales y rampante antisemitismo, su arenga antijudía fue tan extrema que con justicia ubicó a Wagner como uno de los más grandes enemigos en la historia del pueblo judío. Extrañamente, empero, el compositor alemán supo cultivar lazos personales y profesionales fructíferos con muchos judíos, conforme han documentado varios autores y especialmente Milton Brener.
En Paris Wagner conoció a uno de sus primeros amigos judíos, Samuel Lehrs. Era un académico dedicado a la filología y a la filosofía de quién Wagner se beneficiaría enormemente. Su apellido familiar era Kaufman pero sus padres lo habían cambiado al convertirse al cristianismo. Lo que Lehrs no puedo darle al músico alemán en patrocinio material -era pobrísimo- se lo ofreció en enriquecimiento intelectual: el interés por la poesía medieval clásica, la filosofía y el material base de sus obras Tannähuser y Lohengrin. Cuando Lehrs falleció, Wagner, acongojado, escribió a un amigo en común: “este hombre valiente, maravilloso y tan desafortunado será para mí eternamente inolvidable”. Al dictar su autobiografía a su segunda esposa, Wagner caracterizó su vínculo con Lehrs como “una de las amistades más hermosas de mi vida”.
Fue asimismo en la capital francesa donde Wagner se relacionó con otro judío, Giacomo Meyerbeer, el compositor de óperas más destacado de Francia en aquél entonces. Su nombre real era Jacob Beer pero lo modificó al convertirse al cristianismo antes de emigrar a Paris. Wagner lo contactó por medio de una epístola introductoria en la que aseguró que él no podía negar que “fueron sus trabajos los que sugirieron esta nueva dirección para mí… No puedo dejar de agregar que en usted yo veo la personificación perfecta de la tarea que enfrenta el artista alemán, una tarea que usted ha resuelto por medio de haber absorbido con maestría los méritos de las escuelas italiana y francesa para dar validez universal a los productos de tal genio”. Tres años después, dos mujeres judías, madre e hija, conocidas de Meyerbeer, redactaron una carta de presentación a Wagner para entregar a éste. A partir de entonces, el famoso compositor ayudó al joven aprendiz a abrirse un camino en el mundo de la música: logró que un teatro parisino aceptara presentar Rienzi y que el director de la Ópera de Berlín aceptase tocar Der Fliegende Holländer. El teatro parisino quebró y Rienzi no pudo ser realizada, el director de la Ópera de Berlín fue remplazado y el nuevo no mostró interés en mantener el compromiso del anterior en relación a Der Fliegende Holländer, pero claramente ello no quita de la historia la realidad de la asistencia de Meyerbeer. Wagner reconoció ello al definir a Meyerbeer como su “gran amigo y protector”.
Durante su travesía parisina, Wagner se relacionó a su vez con Jacques Halévy, un compositor judío que mantenía una vida sentimental paralela: tenía una esposa judía, una amante cristiana, e hijos de ambas. Halévy contrató a Wagner para que lo asistiera en la composición pianística de un segmento de su ópera Reine de Chypre. Wagner se sintió fuertemente atraído por el arte de su mentor hebreo y declaró que su excelencia “justifica la participación de todos los judíos en nuestras preocupaciones artísticas”. En 1842 publicó un ensayo de veinticinco páginas en la Gazette Musicale en el cual aplaudía la obra de Halévy: “Juro que nunca antes he escuchado música dramática que me ha transportado tan completamente a cierto alcance de la historia”. Al referirse a la ópera de Halévy La Juive, Wagner dijo que “quienquiera que pueda apreciar la solidez, la dignidad de la música alemana, para él la influencia ejercida por parte de una de las ramas más importantes del autor de La Juive no parecerá uno de sus más pequeños título de gloria”. Tildó a las composiciones de Halévy como el “pathos de la tragedia lírica elevada”.
Durante su período en Viena, Wagner trabó amistad con Karl Tausig, un sobresaliente pianista judío polaco que desde los catorce años era alumno de Liszt. Éste último, a pesar de su antisemitismo declarado, tuvo a varios alumnos judíos y de Tausig hizo un preferido; de él dijo que tenía “dedos de acero” y que su técnica era infalible. Al igual que Liszt, Wagner quedó encantado con el joven talento y cultivó incluso una cálida amistad con él.
Otro amigo cercano suyo fue Heinrich Porges, un judío checo que estudió leyes y filosofía en la Universidad de Praga, eligió abocarse a la música clásica, tuvo como maestros a Liszt, Bülow y Cornelius, y fue corresponsal en Praga del Nuevo Jornal de Música unos diez años después de que éste mismo medio publicara el texto judeófobo wagneriano en sus páginas. Porges a su vez coeditó con Hans von Wolzogen el Bayreuth Blätter, una gacetilla dedicada exclusivamente a Wagner y su obra. Junto con Tausig y Cornelius, Porges propuso a Wagner la realización de un concierto suyo en Praga. Al día siguiente de la performance, Porges pagó unos dos mil marcos y Wagner le dijo jocosamente que “este era el primer dinero que alguna vez yo había ganado por medio de mis propias gestiones”. Ese dinero le permitió trasladarse a San Petersburgo para dar cinco conciertos y otros más en Moscú por los que percibió doce mil marcos. En Breslav fue organizada otra representación wagneriana por Leopold Damrosch, un director musical judío. La audiencia de este último concierto estuvo llena de judíos. Asimismo, Wagner fue amigo del tenor judío Angelo Neumann, quién llegó a ser el administrador del Teatro de la Ópera de Leipzig, se hizo empresario y promovió la obra wagneriana por doquier.
Pero fue en su relación con Josef Rubinstein, un joven judío oriundo de Rusia, donde más cabalmente quedó evidenciada la dualidad emocional de Wagner hacia los judíos. Rubinstein tomó la iniciativa de escribir al compositor alemán ofreciendo ponerse a su servicio artístico. El pianista ruso traía consigo una buena reputación. A los dieciocho años había dado su primer concierto y a los veintidós había sido nombrado pianista personal de la Gran Princesa Elena de Rusia. La misma tarde en que arribó a la casa de los Wagner, les dio un concierto de piano que los dejó asombrados. “Es como si la música fuese realmente escuchada por primera vez” anotó su esposa Cósima en su diario. Richard lo designó como uno de sus cuatro copiadores y permaneció relacionado a los Wagner por los siguientes diez años.
Cuando los Wagner quedaban satisfechos con las ejecuciones pianísticas del joven asistente, lo expresaban con alabanzas a su profesión. Pero cada vez que su performance les resultaba inadecuada, atribuían la falla a su religión. Así, Cósima caracterizó de “muy hermosamente y delicadamente” tocada la Sonata opus 111 de Beethoven que Rubinstein les ofreció en noviembre de 1874. Al mes siguiente, Rubinstein tocó otra pieza de Beethoven que no complació a Wagner, y éste acotó: “Los judíos no tienen sentimiento folklórico y en consecuencia no pueden amar ni reconocer la calidad en Beethoven”. En otra oportunidad, Cósima indica que su marido estaba “complacido con el talento de Josef Rubinstein” y que éste tocó para ellos waltzes de Strauss para su “gran disfrute”. De modo similar, Cósima describió como “espléndido” un concierto del pianista judío y en otro momento confesó que “Rubinstein provee un goce enorme con su ejecución de piano”. Pero cuando no le satisfizo anotó: “Los ensayos de piano terminaron con el completo descarte de Herr Rubinstein quién una vez más exhibió todas las características sombrías de su raza”. Con cierto candor, Wagner expresó su sentir hacia Rubinstein a mediados de 1876 al terminar un ensayo. En presencia de varios artistas, el compositor empezó agradeciendo a Rubinstein y finalizó así: “Si nosotros nunca nos acercamos más a nivel humano, la falta no es mía sino suya. Usted es miembro de una raza extranjera por la que no tenemos simpatía”.
Con todo, el judío que de modo más prominente calzó en el espacio wagneriano fue Hermann Levi, al ser el elegido del compositor para dirigir su obra Parsifal (la cuál, llamativamente, es considerada una de sus obras más cristianas). Levi fue un director de orquesta notable, destacado incluso en un continente y un siglo repleto de conductores importantes. Wagner había causado una profunda impresión en el joven director desde aquella primera vez en que éste había asistido a una performance de Tristan und Isolde en la Ópera de Berlín: “Mi éxtasis me mantuvo cantando en mi interior hasta la mitad de la noche, y cuando desperté a la mañana siguiente supe que mi vida había cambiado. Una nueva época había empezado: Wagner era mi dios, y yo quería convertirme en su profeta”. Una declaración impresionante si uno considera que provenía de un descendiente de rabinos. Wagner se refirió a Levi como su “más apreciado amigo” y, cuando crecía la oposición de su entorno a que un judío dirigiese una obra suya en Bayreuth, se atribuye a Wagner haber dicho “no Levi, no Parsifal”.    
A la luz de sus lazos estrechos con muchos judíos, del patrocinio material que éstos le brindaron, del estímulo intelectual que le dieron, de la amistad sincera que le confirieron, de la admiración que le profesaron, y de los sentimientos afectuosos que el propio Wagner mostró hacia éstos durante su vida, resulta casi imposible leer Judaísmo en la Música y creer que la misma persona es su autor.
Wagner nunca logró despojarse de la tensión interna que en él vivía, empujándolo en direcciones opuestas por su admiración artística hacia sus colegas judíos y su desprecio ideológico hacia éstos. Wagner padecía una disonancia cognitiva entre su trato con los judíos y su imagen de ellos, una visión fracturada en su cerebro entre la ficción y la realidad de la existencia judía, y un sentir contradictorio en su corazón ocasionalmente hinchado por el afecto hacia los hebreos y mayormente corroído por el odio a éstos. “Mi vida es una mar de contradicciones”, él mismo admitió, “de la cual sólo espero emerger mediante la muerte”.
Pero no fue así. A su muerte, los debates acerca de su persona se multiplicaron. En el año del bicentenario de su nacimiento las polémicas que desde siempre lo rodearon siguen enteramente vigentes.
Fuente: Revista Amijai, septiembre 2013

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