Los judíos y el ajedrez: seducción de larga data

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La evidente afinidad entre el judío y el juego de estrategia por excelencia tiene representantes en diversidad de ámbitos: sobre el tablero, en la teoría, la filosofía, la sicología, la literatura y el arte, por solo mencionar algunos. Este reino visualmente cuadriculado y estricto, pero vasto, creativo y ampliamente variable en lo intangible, ha acompañado al Pueblo del Libro desde Maimónides hasta la actualidad.
64 casillas. 32 figuras. Un par de reinos que se oponen. Blancos y negros. Un idioma. Dos mentes que se deshilvanan a punta de táctica, intuición, conocimiento, estrategia, filosofía, matemática… ¿y cultura?… ¿religión?
La estrecha relación entre los judíos y el juego de ajedrez genera continuas y diversas inquietudes en los estudiosos de la reconocida disciplina de origen persa. ¿Ofrece quizá el modo de vida judío, su religión o cultura, un ingrediente particular que facilita o promueve el dominio del ajedrez?
Uno de los escritores y filósofos que ha dedicado un extenso ensayo a dilucidar dicha curiosidad es el judeo-argentino Gustavo Perednik en su artículo “Judaís­mo y ajedrez”, donde asegura que los judíos tienen y han tenido una relación muy especial con el juego-ciencia y eso no debe atribuirse a la mera coincidencia. El maestro internacional Conel H. Alexander —refiere Perednik—, quien fuera campeón británico y corresponsal ajedrecístico del Sunday Times, solía decir que el mundo de los ajedrecistas puede dividirse en cuatro grupos de talento decreciente: los judíos rusos, los rusos no-judíos, los judíos no-rusos y los no-rusos no-judíos. Sigamos a Perednik y veamos…
Desde la antigüedad
El Midrash describe al mismísimo rey Salomón jugando ajedrez con su consejero Benaiá Ben Yehoiadá. Ahora bien, aun cuando la antigüedad de este juego entre los judíos no ha sido definida, se entiende como una exageración mencionar al constructor del Templo entre sus afines. El Talmud fue concluido en el siglo V y solo a finales de ese período los persas trasmitieron el juego, por lo que la interpretación que indica que el nardshir que se menciona en el Talmud sea el ajedrez, queda descartada.
Pero Maimónides hace referencia directa al juego en su comentario a la Mish­ná, Judá Halevy concluye su Cuzari con el ajedrez, y Abraham Ibn Ezra redactó el reglamento de ajedrez existente más antiguo que se conoce, bajo el título de Haruzim. El Sefer Hajasidim recomienda el juego en el siglo XIII, y en 1575 los rabinos de Cremona declararon que “todos los juegos son malos y causan problemas, a excepción del ajedrez”.
Cuenta también Perednik que Moisés Mendelssohn y Gotthold Lessing mantuvieron una amistad que tuvo gran influencia en la Emancipación judía, y que nació frente al tablero. En 1837 redacta la primera enciclopedia de ajedrez un judío francés, Arón Alexandre, y un par de años después uno de los nuevos educadores iluministas, Jacob Einchenbaum, quien también era matemático, escribe sobre la partida un extenso poema hebreo al que denominó Ha-kerav (la batalla). En pintura, el húngaro Isidor Kaufmann, quien cobrara notoriedad al pintar la vida cotidiana en el shtetl, produjo un conocido cuadro que muestra la presencia del ajedrez entre los judíos ortodoxos de Galitzia. Una versión moderna del mismo motivo podría ser el trabajo en madera del grabador judeonorteamericano Irving Amen llamado Ajedrecistas (1961). En literatura, cabe recordar la novela de Stefan Zweig El jugador de ajedrez.
Entre los grandes maestros del siglo XX, así como entre los más destacados teóricos, los judíos saltan a la luz. De hecho, según asegura Perednik, los campeones que más perduraron fueron judíos. El máximo de ellos, Emanuel Lasker, es considerado el ajedrecista más cabal de todos los tiempos. Echándole un vistazo solo a la punta del iceberg pueden mencionarse Garry Kasparov, Viktor Korchnoi, Boris Spassky, Bobby Fischer, Judit Polgar, Isaac Boleslavsky, David Bronstein, Reuben Fine, Efim Geller, David Janowsky, Isaac Kashdan, Vladimir Liberzon, Jacques Mieses, Samuel Reshev­sky, Carl Schlechter, Savielly Tartakower, y los latinoamericanos Julio Kaplan, Julio Bolbochán y Miguel Najdorf, entre muchos otros.
También fueron judíos quienes crearon las principales escuelas de pensamiento ajedrecístico y muchas de las más prestigiosas revistas de ajedrez son dirigidas por judíos, como la Chess Review de EEUU, fundada por Israel Horowitz. Judíos batieron récords de ajedrez, como la partida más larga que se conoce, entre Hermann Pilnik (Argentina) y Moshe Czerniak (Israel), que llegó al movimiento 191 y duró 20 horas.
Judeofobia sobre el tablero
Tal como narra Perednik, no faltó quien viera en el apego de los judíos por el juego una desgracia. Y fue un gran campeón mundial, el ruso Alexander Alekhine (o Aliojin) quien escribió una serie de notas judeofóbicas tituladas El ajedrez ario y el ajedrez judío, publicadas durante la Segunda Guerra Mundial, mientras ajedrecistas colegas y amigos suyos como Landau y Przepiorka morían en los campos de la muerte por ser judíos.
En su tesis, Alekhine explica cómo el “modo judío de jugar al ajedrez” se caracteriza por el oportunismo, la defensa a ultranza y la ganancia material a toda costa. Para este ruso, el ario es, en cambio, un ajedrez agresivo, que considera que la defensa es válida únicamente como la consecuencia de un error previo. El ajedrez judaico, por el contrario, admitiría la idea de la defensa pura y considera legítimo vencer con este procedimiento. Por ejemplo, la conocida teoría de la “sobreprotección” de Arón Nimzowitch es para Alekhine “una idea puramente judía, que disuade el ánimo agresivo; es miedo a la lucha, dudas acerca de la propia fuerza espiritual, un triste cuadro de autodestrucción intelectual”.
De generación en generación
No es posible determinar a ciencia cierta una razón para la relación cercanísima entre los judíos y el ajedrez. Algunos se han aventurado a afirmar que este juego requiere de una forma de pensamiento especial, quizá similar al que destila la tradición de Israel. Explica Perednik que grandes maestros internacionales no solo fueron judíos sino que se educaron en el mundo talmúdico de las yeshivot, como Chajes, Arón Nimzovitch, Samuel Reshevsky y Akiva Rubinstein.
Por su parte, W.R. Hartston y P.C. Watson, en su libro Sicología del ajedrez, indican que un posible motivo para la ajedrofilia judaica puede ser la necesidad de empaparse y destacarse en aquellas actividades que no le estaban vetadas a la comunidad a lo largo de la historia, y cuyo interés ha sido trasmitido posteriormente de generación en generación.
Lo que no se pone en duda es la evidente afinidad entre el judío y el ajedrez, esta disciplina tan especial que, tal como afirmaba el reconocido Lasker, es reflejo fiel de la vida humana, con toda su mezcla de ciencia, arte y técnica.
Niña israelí es la actual campeona europea de ajedrez
Anastasia Waller, de 10 años de edad y residente de Gan Yavne, localidad israelí adyacente a la ciudad de Ashdod, fue coronada el pasado mes de octubre como campeona de ajedrez en la competición europea para niños de su edad. Waller se convirtió en la rival de toda Europa en su camino a una medalla de oro en el torneo celebrado en Montenegro, ex Yugoslavia. Ella llegó en primer lugar con 7,5 puntos sobre un máximo de nueve, y perdió solo una vez. Según fuentes de la Federación de Ajedrez de Israel, se considera que Waller representa un futuro de esperanza y logro, ya que ha ganado varias competencias en Israel y en el extranjero.  A ella le encanta el juego, afirma que quiere ser campeona mundial, y dice con gracia que “es mejor que ser campeona de los niños”.
Ciudad israelí se convierte en potencia mundial del ajedrez
La ciudad israelí de Beersheva tiene la mayor cantidad de grandes maestros de ajedrez per cápita del mundo. Mejor conocida como un oasis bíblico y, posteriormente, como un lugar atrasado en el desierto, Beersheva está cambiando su imagen de ciudad de camellos y conjuntos habitacionales de mal aspecto por las torres y reyes del tablero de ajedrez.
“Tenemos un gran maestro por cada 20 mil habitantes”, dice Eliahu Levant, fundador del club de ajedrez de Beersheva, refiriéndose a sus ocho miembros que han alcanzado el mayor grado que se otorga en este juego.
En realidad hay un gran maestro por cada 22.875 habitantes en esta ciudad de 183 mil. Eso sigue siendo impresionante en comparación con centros tradicionalmente ajedrecistas en Rusia, como Moscú, donde hay un gran maestro por cada 170 mil personas, o San Petersburgo, con uno por cada 215 mil, según cifras de la Federación Rusa de Ajedrez.
En todo el mundo solo hay unos mil grandes maestros, señala Almog Burstein, representante en Israel de la Federación Mundial de Ajedrez (FIDE).
Fuente: Nuevo Mundo Israelita

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